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Los diez poemas

Santiago Espinosa reseña Once miradas a la poesía colombiana, compilado por Omar Ortiz

2010/03/15

Por Santiago Espinosa

¿Cuáles son mis diez poemas? Todo lector de poesía, bueno o malo, viejo o joven se ha hecho la pregunta alguna vez, y entonces se hacen listas y más listas; como en el clásico ejemplo del tipo que viaja a una isla desierta y solo puede empacar lo necesario.

Desde Tuluá y para celebrar los 20 años de la revista Luna Nueva, nos llega Once miradas a la poesía colombiana, una antología múltiple, y que recrea esta sana costumbre de los poemas favoritos. Cada uno de los once antologistas, poetas la mayoría, críticos y buenos lectores, hicieron el trabajo de escoger sus diez. El resultado, compilado por Omar Ortiz, son 93 poemas colombianos sin orden de ningún tipo. Un libro insólito, arbitrario en el buen sentido, y que por eso mismo es atractivo.

Se podría pensar que un cúmulo de poemas que están ahí sin más, en las regiones de la lectura personal donde lo que prima es el simple gusto, el capricho, carece de seriedad. Pero acaso, ¿no es toda antología, en el fondo, un ejercicio de lectura personal, una colección de caprichos? Y aquí hay un valor agregado, pues al repartir la compilación en diferentes perspectivas, edades y orígenes regionales, esos caprichos nos revelan un gusto colectivo, una oportunidad inmejorable para estudiar la poesía colombiana, medirle el pulso.

Las conclusiones saltan a la vista. La baja presencia de León de Greiff y José Asunción Silva, “los poetas infaltables”, muestra que ya que es posible una antología consistente, redonda, sin incluir al modernismo. La presencia de voces jóvenes como Andrea Cote, rescates como Emilia Ayarza, nos abren a un panorama poético que se sigue rehaciendo.

Y claro, esos poemas que se repiten, los autores recurrentes, nos acercan a un testimonio de época. Que Aurelio Arturo sea el poeta más nombrado y que su poema Morada al sur sea el más escogido, es la confirmación de que en el nariñense, no en Álvaro Mutis, no en Silva, el país ha encontrado a su poeta más característico: los ecos necesarios para entender y entendernos.

Que aparezcan poetas vivos como Juan Manuel Roca y Giovanni Quessep (segundo y cuarto puesto) es el síntoma de una poesía vigente, necesaria para el lector de hoy. Y finalmente, ya en el tercer puesto, aparece Héctor Rojas Herazo, un acto de justicia con esa obra potente, única, y que a veces se olvida en la farándula editorial.

Un mérito innegable de esta antología es que, al no regirse por épocas o autores, estéticas o generaciones, recupera el valor esencial de la poesía que es el poema mismo. Aquí lo que vale es esa voz que un día llegó, y que sin rostro, sin edad conocida, terminó por habitar la soledad. Y así, hablando de la poesía a través de los poemas, junto con Morada al sur está los Amantes, de Jorge Gaitán Durán, poema que ha acompañado el erotismo de medio siglo, y con las mismas tres nominaciones aparece La llanura de Tuluá, de Fernando Charry: aquellos muertos anónimos, imagen de la violencia, siguen nombrando esta barbarie.

Antología que resalta al poema, no al autor. Que no recae en el criterio, siempre discutible, de un solo antologista. Quizás este libro salga mejor librado que muchas compilaciones por su sencillez, porque nos devuelve el valor del juego que hay detrás del escoger. Pues una vez ojeado el texto nos incluye, nos invita a jugar y así a atrevernos a escoger nuestros diez poemas; a convertirnos en la doceava mirada. Más que un libro de poesía esta antología de Luna Nueva nos da una fiesta, la excusa perfecta para inventarnos una isla.

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