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Los difusos finales de las cosas

Victor Viviescas reseña Los difusos finales de las cosas de Carlos Enrique Lozano Alianzas Colombo-Francesas, 2006, 114 páginas

2010/03/15

Por Víctor Viviescas

Los difusos finales de las cosas, la obra de Carlos Enrique Lozano, ganadora del Primer Premio Nacional de Dramaturgia convocado por las Alianzas Colombo-Francesas y la Embajada de Francia en Colombia, es una obra que atrae por su extrañeza y por su singularidad. Es singular su vocación de llevar la mirada al entramado casi pueril de las cosas cotidianas. Es extraña la exacerbación de la palabra hablada en la pieza, construida con prolijidad en la interrogación de los sentidos de las cosas, las acciones, los sentimientos y los pensamientos.

La primera impresión de la obra es que nada pasa, aunque la lectura en profundidad devela otro panorama. La anécdota de la obra bien podría resumirse en la sucesión de encuentros que le acontecen a Ella, una mujer joven sin atributos especiales. Ella es una empleada media de una empresa de comercio que nunca se define completamente; tiene un novio, Él; un amante que es nombrado como El otro, que además es su jefe en la oficina; una madre vieja y un padre muerto, pero que quizás aparece en la pieza bajo la figura de Un hombre mayor, comentando los encuentros de Ella con los otros tres personajes.

La disolución de las fronteras aparece en la obra en dos dimensiones diferentes. En primer lugar, en el borrarse de los límites entre teatro –de acción– y narración –de palabra–. La obra convoca en su escritura procedimientos que son tradicionales de la escritura narrativa, los que, además, no deja incólumes, sino que somete a variaciones. Allí está, por tanto, una amplia gama de posibilidades del monólogo interior, la diseminación del comentario del autor en la voz de los personajes, las múltiples posibilidades del diálogo y del monólogo. Casi nada acontece en la obra sin que sea sometido a la descripción, el análisis, el comentario de los demás personajes presentes. Una presencia que no se instala en ningún espacio figurado, a no ser ese espacio infinito de la escritura. Y esta disolución de las fronteras acontece también en un segundo nivel, podríamos decir, en el interior de la lógica de la existencia de los personajes. Nada allí es definitivo y concluyente: ninguna escena, ningún acontecimiento. Cada cosa se desprende difícilmente de lo que la antecede o de lo que la sucede.

Los difusos finales de las cosas obtiene toda su singularidad y riqueza de la decisión de explorar el tejido de lo cotidiano, de lo liminal, de lo aparentemente nimio desde una modalidad de escritura nueva en nuestro medio, en la cual el privilegio no le es concedido a la acción, a la sucesión de grandes acontecimientos, sino a un flujo permanente de una palabra que se interroga sobre la acción y que acompaña al espectador como un murmullo que lo interroga.

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