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'Los muchachos de zinc': la guerra maldita

Una reseña de Mauricio Sáenz sobre 'Los muchachos de zinc', libro de la nobel Svetlana Aléxievich.

2016/05/24

Por Mauricio Sáenz

Decir hoy Unión Soviética suena nostálgico y, en todo caso, lejano. Pero hasta comienzos de la década de los noventa, ese sonoro nombre representaba a la mitad comunista del monstruo bicéfalo que aterrorizó al mundo durante casi medio siglo: la guerra fría. Ese imperio bolchevique disputaba palmo a palmo el planeta con su archienemigo capitalista, Estados Unidos. La disputa era a muerte: solo uno podría sobrevivir para imponer al mundo sus valores. O al menos eso creían.

Esa guerra fría se libró en todos los frentes: político, cultural, económico, y hasta militar. Pero tuvo dos ejes fundamentales: uno, el terror planetario, expresado en la amenaza de un apocalipsis nuclear; y dos, las guerras locales, libradas en cuerpo ajeno en terceros países que merecían mejor suerte. Terceros países cuyo pecado había sido coquetear con el sistema contrario al de su área de influencia.

Afganistán resultó ser uno de esos casos, y los efectos aún se sienten allá. Desde 1978 un golpe instaló en el poder un régimen comunista que rompió el equilibrio geopolítico de esa región. El gobierno norteamericano, sediento de venganza por su derrota en Vietnam pocos años antes, se dedicó a apoyar a los muyahedines, los combatientes islámicos levantados contra las reformas progresistas del nuevo gobierno. En medio de esa lógica, la Unión Soviética de Leonid Brezhnev decidió enviar tropas a Afganistán para apoyar a su títere. Pero estaba firmando su sentencia de muerte.

Ese es el contexto en el que se desarrolla Los muchachos de zinc, otra de las obras disponibles en español de la bielorrusa Svetlana Alexiévich, que estuvo en la feria del libro de Bogotá. Fiel a su estilo, la premio nobel de literatura 2016 entrega las páginas al testimonio directo de los protagonistas. De ese modo configura un conjunto de pequeñas historias de los soldados que sobrevivieron, de las madres de los muertos, de las empleadas civiles, de los oficiales, y de todos ellos emerge un mosaico de tragedias con un común denominador aún más siniestro.

En efecto, ya no se trata de la Gran Guerra Patria, materia de otro de sus libros, La guerra no tiene rostro de mujer, su obra de 1985. En esta, los sobrevivientes recuerdan la participación femenina en esa lucha contra la invasión nazi. Entonces las mujeres rogaban por que las dejaran combatir. Defendían su modo de vida, su tierra, sus familias, conscientes de que solo el esfuerzo colectivo las salvaría. De ahí que las historias, aunque desgarradoras, tenían un subfondo moral que les daba al menos algún valor trascendente.

Eso no existe en Los muchachos de zinc. En Afganistán no había motivación válida. Todo se limitaba a sostener una conquista territorial que, por lo demás, no respetaba en manera alguna la idiosincrasia musulmana del pueblo afgano, para el que universidades femeninas y minifaldas eran una afrenta solo comparable al ateísmo del gobernante.

Ese Kremlin ya decrépito no calculó nada de eso, y en cambio envió con mentiras (supuestamente a construir puentes y escuelas) a miles de jóvenes mal equipados y entrenados, a que los masacraran esos muyahedines armados y apoyados por Estados Unidos. Ya no había idealismo: no solo no defendían de verdad a su patria: eran un ejército de ocupación, pleno de violencia brutal. Regresaban en ataúdes de zinc sellados, y oficialmente no eran caídos en combate, sino “fallecidos”.

Y lo peor: poco después de la retirada se disolvió la Unión Soviética, y todo su pasado quedó en entredicho. A los veteranos de la ocupación de Afganistán no les quedó ni el agradecimiento de los suyos, sino todo lo contrario: habían participado en un genocidio. Y todos ellos, en sus pequeñas tragedias, habían visto, sin saberlo, el comienzo de una nueva etapa de sangre en el mundo. Ya no existe la guerra fría. Pero de esa invasión malhadada nació una nueva amenaza: la de los extremistas islámicos.

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