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Los otros y Adelaida

Eduardo Arias reseña Los otros y Adelaida de Gonzalo Mallarino Flórez Alfaguara, 2006 256 páginas

2010/03/15

Por Eduardo Arias

Con Los otros y Adelaida, Gonzalo Mallarino Flórez cierra la Trilogía Bogotá que comenzó con las novelas Según la costumbre y con Delante de ellas. En cada novela Mallarino da un paso adelante y en ésta, que es la vaga culminación de dos historias íntimamente relacionadas con la medicina, Mallarino se interna en un tema mucho más complejo y perturbador: la psiquiatría.

Es una novela sin final feliz o, mejor, sin final. Al terminarla, el lector queda sumido en un mar de dudas, nunca se le aclara del todo si aquello que le sucedió a Adelaida fue real o ella se lo soñó.

Pero el mérito de esta obra radica, ante todo, en la manera como Mallarino cuenta la historia. El autor, quien además es poeta, logró crear una voz propia muy eficaz, basada en frases cortas y un ritmo punzante que le permite repetir cosas que ya dijo, como si se tratara de una muy larga canción.

Pero no es un poema en prosa. Los personajes, aun los más borrosos y difusos, tienen fondo, volumen, no son para nada estereotipos. Y aunque esta obra forma parte de la Trilogía Bogotá, la ciudad aparece también como una acuarela lejana, descolorida, como si la ciudad también fuera el límite indeterminado entre lo real y lo irreal. Con vagas referencias a unos cerros que se ven a lo lejos desde un lúgubre apartamento de Pablo VI. Una ciudad interior, una ciudad de misterios detrás de las puertas de sus casas republicanas, de ruinas que se esconden detrás de fachadas que invitan a creer que allá adentro todo está bien. Y todo está mal. Porque aparecen y desaparecen estatuas, porque el único guía confiable es un niño ciego, porque detrás de los apellidos y los títulos de prestigio se esconde una posible red de tráfico sexual de niños y porque Adelaida es una mujer débil, derrotada desde que su hija murió en el atentado de los narcos al edificio del das, porque Adelaida quisiera descorrerle el velo a los misterios que la rodean y a los de su pasado, pero es incapaz de hacerlo. Está sola.

Sólo cuando sale de Bogotá y busca refugio en Sasaima el libro adquiere algo de color. Como si el sol de tierra caliente reviviera esa alma enferma y desconsolada. Pero Sasaima no es la solución, huir nunca ha sido una solución real. Sasaima queda también como un espejismo, como un intento de recuperar el paraíso perdido. Los otros llegan, se van, regresan, vuelven a irse. Adelaida siempre queda sola. Con el horror de su pasado, que Mallarino compara con el de Lucy, aquella homínida que vivió en los desiertos de Etiopía hace unos cuatro millones de años sin saber cuándo ni cómo algún antecesor del leopardo la borraría de la faz de la Tierra.

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