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Los restos de Sebald

Alberto de Brigard reseña Campo Santo de W.G. Sebald

2010/03/15

Por Alberto de Brigard

En diciembre pasado el periódico inglés The Guardian consultó a varios escritores sobre los libros que les gustaría leer en este nuevo año. La respuesta más original y sentida fue la del irlandés John Banville, quien afirmó que quisiera ver satisfecho su deseo de leer “el próximo libro de Sebald”, porque todavía no se conforma con la muerte del escritor alemán, en un accidente automovilístico en 2001. Quienes sentimos ese mismo vacío celebramos con entusiasmo la aparición de un nuevo volumen con la firma de un autor que, con apenas cuatro libros aparecidos en el curso de un lustro, mostró todo un abanico de posibilidades inexploradas para la prosa contemporánea.

Tristemente, Campo Santo no es “ese” libro de Sebald por descubrir; más bien es un recordatorio de lo que pudo haber sido y no fue. Se trata de una recopilación de textos narrativos y de ensayos, en su mayoría publicados en revistas y antologías alemanas, además de unos pocos textos que quedaron en manuscritos a la muerte de su autor.

Las primeras cincuenta páginas pertenecen a lo que había dejado sin publicar y hacen parte de las mejores de su autor. Son tres capítulos sobre un viaje por Córcega, en los cuales las observaciones sobre el paisaje y la historia de la isla desencadenan una sucesión de asociaciones y digresiones por las que nos conduce con habilidad una prosa melancólica y de ritmo mesurado; como en sus otros libros narrativos, Sebald se convierte en una especie de compañero de viaje de los lectores, y deslumbra por su capacidad para ir y volver de lo personal a lo universal, de lo antiguo a lo contemporáneo, de lo concreto a lo etéreo, sin costuras y sin pasos en falso.

Los ensayos del resto del libro despiertan interés en distinto grado. Tres de ellos se refieren a escritores alemanes (Grass, Hildesheimer, Weiss) y le sirven a Sebald para reiterar sus cuestionamientos a la literatura germana en los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra, la cual, a su juicio, no logró nunca expresar los verdaderos sentimientos de sus coterráneos, tanto el remordimiento por la participación activa o pasiva en las atrocidades del Tercer Reich, como su propio duelo como víctimas de algunas de las acciones bélicas más crueles contra poblaciones civiles en el siglo pasado. Las reflexiones sobre este tema constituyen el núcleo de otro de los libros académicos de Sebald (Sobre la historia natural de la destrucción) y estos textos no contienen nuevos descubrimientos o intuiciones acerca de estas cuestiones; como en su libro anterior, Sebald concluye que “la literatura hoy, abandonada a sus propias fuerzas, no sirve ya para descubrir la verdad.” Quedará para siempre la incógnita de en qué medida se hubiera modificado su juicio relativamente benévolo sobre Günter Grass, tras la publicación de Pelando la cebolla, las memorias en que el ganador del Nobel intenta reconciliarse con su pasado nazi.

Varios de los textos del libro provienen de discursos pronunciados por Sebald. Entre ellos, el más breve, (“Discurso de ingreso ante el Colegio de la Academia Alemana”) es clave para comprender la ambigua relación de este escritor con su patria y con su lengua, lo que lo hace, en cierta medida, un pariente espiritual de Vladimir Nabokov, a quien dedica otro de los ensayos compilados.

Resulta un poco sobrecogedor lo bien que le calza al propio Sebald la descripción que en el año 2000 hizo de Bruce Chatwin, otro escritor que admiraba: “Como él mismo, en definitiva, ha seguido siendo un enigma, no se sabe cómo clasificar sus libros. Solo es evidente que, en cuanto a estructura e intenciones, no encajan en ningún género conocido”. En último término, Campo Santo es sobre todo una invitación para retornar a la obra de Sebald, siempre misteriosa y estupenda.

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