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Manglares

Andrés Felipe Solano reseña Manglares de Tomás González Norma, 2006 196 páginas

2010/03/15

Por Andrés Felipe Solano

Nadie sabe si Tomás González vuelva a escribir. Ni siquiera él mismo. Con la publicación de su libro de poemas titulado Manglares el escritor cierra un ciclo importante. Quizás el definitivo, a juzgar por los últimos tres poemas de los noventa que componen la obra, en los que asiste a su natural descomposición, tan libre de angustia y pompa: “El hígado se pierde como el humo/ bajo un ramalazo de viento./ Los pulmones se hacen agua, tierra,/ viento./Se pudre el corazón y se forman/ libélulas, avispas, matorrales”.

En una de sus pocas entrevistas, González se refirió al título de su poemario, que venía armando desde hace más de una década. “La palabra, que habla del sitio geográfico-climático donde las cosas se destruyen y se construyen al mismo tiempo, ese lugar ambiguo, entre sólido y líquido, es la frontera donde me paro con la intención de mostrar que a pesar de la podredumbre, sólo lo vivo permanece y lo muerto ido está”.

Por eso varios de sus poemas están dedicados a antiguos aguaceros que convierten todo en barro; otros, a ríos cenagosos contemplados en Colombia y Norteamérica, donde vivió por veinte años; a mares repletos de cascos de botellas, latas vacías y otros desechos, o derrelictos, palabra que nos descubre en “Indigentes en el embarcadero del Ferry, NY, 1987”. El agua vuelve una y otra vez en este recorrido por la vida hacia la muerte que propone González, en forma de lluvia, orín o vapor, como vuelven las imágenes de las carreteras hace tiempos recorridas, de La Ye y Ranchería, de Valdivia, de Luisiana, o como retorna el dolor contenido o la “Aceptación del horror, entonces”: “Qué hacer con la imagen del cadáver de Daniel/ que nunca vi, o con la de su asesino,/ a quien tampoco conocí y que, según dijeron/ murió de golpes de puñal en una cárcel./ Qué hacer con estas formas/ que no se cansan de pasar de lo terrible/ a lo muy bello, de lo horripilante a lo sereno”.

Manglares es la vida misma de González, su contemplación atenta de las cosas, sobre todo de la naturaleza, siempre cambiante. Su despedida de ciertos lugares en los que su alma tembló como una llama al viento. De hombres a los que no quiere olvidar, de basuriegos neoyorquinos, de Álvaro Salazar y su cabeza revolcada, a quien vio meterse dos veces al mar con ropa, de don Roque Jaramillo, que mecido por el aguardiente se ponía a oír los terneros bramar entre la bruma, de Jorge Holguín, que se pegó un tiro, allá en Miami, de Dora, su esposa. Y de Tomás González, que se dispone a callar después de escribir, con un lenguaje que sorprende por su limpieza, noventa poemas sobre lluvias torrenciales, cafetos, salitre, cerdos muertos y ACPM, trenes atravesando en la noche las sabanas del César y suaves borracheras a bordo del ferry que une Manhattan con Staten Island.

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