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Marginales, no vagabundos

Jorge Iván Salazar reseña Vagabunderías de Mario Jaramillo

2010/03/15

Por Jorge Iván Salazar

El nuevo libro del escritor colombiano Mario Jaramillo presenta seis cuentos unidos por la temática común del vagabundo. Desde lugares diferentes (Bogotá, Atenas, Boston, Madrid, Los Ángeles y Estambul), seis narraciones diferentes, en épocas diversas y con variadas técnicas narrativas, pero comunicadas por el carácter esencialmente marginal de sus personajes. Jaramillo utiliza una definición muy amplia de “vagabundo”, que le permite incluir no solo a los tradicionales “ñeros” bogotanos, sino también a profesores de Harvard y a sultanes turcos. Así, los vagabundos de estos cuentos son seres excéntricos, nunca integrados del todo a sus respectivas comunidades y con un oscuro anhelo por lo distante e indefinible. Personajes que recuerdan a otros magníficos excéntricos de la literatura, desde el califa Harún Al Rashid de Las mil y una noches hasta Vladimir y Estragón de Beckett.

Sobriamente narrados, los cuentos se caracterizan por el vigor de los personajes y la eficacia de la anécdota. En “El vagamundo”, Jaramillo propone una interesante técnica narrativa, consistente en permitir que varios personajes completen un relato, de tal manera que el cuento se abre en varias ramas, a la manera, otra vez de Las mil y una noches. “Vagamente pordiosero” presenta a dos entrañables mendigos madrileños, separados por sus concepciones religiosas, pero unidos en todo los demás. Dos cuentos, “El vago de Harvard” y “Di-vago”, abordan la temática del profesor universitario como trotamundos marginal; en el primero de estos cuentos, la marginalidad viene dada por una delirante y mística teoría propuesta por un profesor. En el segundo, el amor sirve como resorte para colocar a un respetable profesor del lado de los vagabundos. En “El otro vago” encontramos un relato sobre el típico trotacalles bogotano; el último texto, “El mendigo de Estambul” recupera la atmósfera de los cuentos árabes, con sultanes, eunucos e intrigas cortesanas. Jaramillo evita el lugar común en el que este tipo de propuestas podrían fácilmente caer; aunque el tema es la calle, logra un lenguaje universal, lejos de la jerga de los bajos fondos. Tampoco se deja llevar por la fácil tentación del patetismo. Sus vagabundos sólo tangencialmente se parecen a los mendigos, a los pordioseros o a los desplazados.

Vagabunderías es, pues, un libro ameno, legible, con personajes muy humanos y con gran calidad narrativa; es también, junto con las obras recientes de Enrique Serrano y de Juan Esteban Costaín, un texto que abre caminos para la nueva narrativa colombiana, en el sentido de que muestra que hay autores que se atreven a construir mundos literarios que difieren tanto de lo testimonial como del relato de sicarios. Precisamente estos cuentos enfrentan un concepto de marginalidad menos estrecho que el que se concentra en los pistoleros, las prostitutas y los narcotraficantes. Un vagabundo, desde los seis relatos del libro, es todo aquel que no logra acomodarse en el mundo, y dentro de ese extrañamiento caben los mendigos y también los príncipes. Los cuentos que aquí se nos presentan no tratan con los tradicionales personajes de la calle (a despecho de la portada, muy engañosa), no hablan el lenguaje de la calle ni refieren anécdotas callejeras, pero logran crear en el lector la impresión de que, desde cierto punto de vista, todos podemos encajar como vagamundos. Este me parece el mérito principal de este libro.

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