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Martirio es grande

Juan Carlos Valencia reseña el último disco de la cantante española Martirio, Primavera en Nueva York

2010/03/15

Por Juan Carlos Valencia

El viejo adagio que insiste en que una imagen vale más que mil palabras parece haber cumplido su ciclo en esta época en la que artistas de todos los estilos y calidades desarrollan imágenes personales que rivalizan en sofisticación con su propia producción artística. Gorros, pañoletas, anteojos multicolores, tatuajes, cirugías, cambios de pigmentación, maquillajes: todas estas técnicas y más, unidas a las del diseño gráfico computarizado y a herramientas de procesamiento de video y audio que parecen extraídas de la ciencia ficción más inverosímil, producen imágenes impactantes que intentan convencernos de que expresan la esencia de talentos imprescindibles y novedosos. ¿Pero cuántas de las sofisticadas imágenes que circulan por los medios no son más que fachadas del vacío? Con frecuencia, tristemente, no encontramos más que rutina, mediocridad y frivolidad detrás de toda esa parafernalia mediática.

Pensamientos de este estilo vinieron a mi mente cuando aparecieron en las tiendas musicales colombianas los primeros discos compactos de la cantante española Martirio. La imagen que adornaba sus discos parecía la de un personaje sacado de las primeras películas de Almodóvar: una suerte de tonadillera posmoderna ataviada con vestidos conceptuales, peinetas y mantillas a la vieja usanza española y unas sempiternas gafas oscuras que le daban un aire entre misterioso y sórdido. ¿Sería este un nuevo caso de vacuidad artística disimulada con retoque digital?

La escucha de aquellos primeros discos me reveló la existencia de vida detrás de los anteojos oscuros. Martirio no es una cantaora o, al menos, no es una flamenca al uso. Su especialidad es la copla, a la que incorpora elementos flamencos con resultados ingeniosos. Los viajes que hizo a Cuba en los años noventa, en los que trabó amistad con la compositora Marta Valdés, le permitieron introducir aun más variedad a su música, enriquecerla con los aportes del bolero, un estilo que en su voz parece ser hermano de sangre del flamenco. Valdés la introdujo en los vericuetos y la pasión del feeling cubano, una influencia que ha persistido en su música.

Esto pude comprobarlo cuando asistí a sus conciertos en Bogotá junto al extraordinario pianista gaditano Chano Domínguez y escuché a una artista curiosa, en pleno crecimiento, departiendo de tú a tú con un grande del jazz flamenco. Y ahora, este nuevo disco, Primavera en Nueva York, demuestra con creces lo que ya los melómanos habíamos terminado por reconocer: Martirio es grande.

En mayo de 2006 se fue para Nueva York y convocó a un selecto grupo de maestros norteamericanos del jazz que incluyó al pianista Kenny Drew, al bajista George Mraz, al saxofonista Houston Person y al clarinetista Paquito D’Rivera. Grabó con ellos una selección de boleros maravillosos, aunque poco conocidos, que formaron lo que Martirio describió como “una sola canción, un poemario, una suite donde, con una unidad teatral, se recorren las distintas estaciones del amor”.

Interpretar boleros con matices de flamenco acompañada por un trío de jazzistas era ponerse una meta quizás demasiado encumbrada, pero Martirio la alcanzó con gracia. Este trabajo es un hito en su discografía, tal vez la prueba más contundente que ha dado de su gran talento. Primavera en Nueva York es un disco que vale más que mil imágenes.

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