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Recuerdos de Westfalia

La diplomacia realista, basada en el equilibrio de poder, no se basa en la indiferencia cínica a los principios morales, sino en el imperativo moral de evitar que los estados se destruyan mutuamente a partir de intereses irreconciliables. Una reseña de 'Orden mundial' de Henry Kissinger.

2016/10/26

Por Mauricio Sáenz

La tensión atenaza al mundo. En Oriente Medio, Estado Islámico o Isis amenaza la existencia al menos de Irak y Siria. Rusia, además de participar en la tragedia de Alepo y de sacarle tajadas a Ucrania, merodea desde su enclave de Kaliningrado a los países bálticos y Polonia. Beijing avanza para apropiarse del mar del sur de China con su flamante armada. África presencia la desaparición de estados como Somalia, hundida en la anarquía. Irán y Arabia Saudita libran en Yemen una guerra indirecta por la supremacía del mundo islámico. Pakistán e India, dos estados nucleares, se muestran los dientes por Cachemira…

¿Está el mundo al borde del caos? Lo anterior parecería demostrar que el orden imperante en los últimos cuatro siglos está atravesando una crisis de consecuencias insospechadas. De ahí la importancia de un libro como Orden mundial, de Henry Kissinger, quien a sus 91 años regresa a la palestra con un texto exhaustivo y personal de alguien que, como él, protagonizó momentos claves de la geopolítica del siglo XX.

Las crisis mencionadas tienen algo en común: todas amenazan el sistema surgido en los tratados de Westfalia. En 1648, Europa, desangrada por la violencia religiosa de la Guerra de los Treinta Años, acordaba privilegios y derechos que hoy parecen naturales, como la soberanía e inviolabilidad del territorio, y consagraba al Estado-Nación como la unidad fundamental del orden europeo, que el colonialismo diseminaría por el mundo con éxito desigual.

Kissinger, exponente de la realpolitik, celebra a sus antecesores en el pragmatismo por el interés nacional, como el cardenal Richelieu, creador de la raison d’état; el austríaco Klemens von Metternich o el británico Lord Palmerston, famoso por su frase “no tenemos aliados eternos, ni enemigos perpetuos”. El autor no pierde oportunidad de plantear que la diplomacia realista, basada en el equilibrio de poder, no se basa en la indiferencia cínica a los principios morales, sino en el imperativo moral de evitar que los estados se destruyan mutuamente a partir de intereses irreconciliables.

El autor considera al orden westfaliano el más plausible desde el punto de vista moral y hasta estético. Pero, por supuesto, no lo ve como la única perspectiva. Tras perder su hegemonía en las guerras mundiales, Europa dejó de ser el punto de referencia, por lo que es pertinente observar, como hace Kissinger, la forma como otras culturas han concebido y conciben ese orden mundial.

De ese modo aboca, por ejemplo, la mirada islámica, que parte el mundo en dos: dar al-islam, el reino de la paz, las tierras del califato, y dar al-harb, el reino de la guerra, aún por conquistar para la verdadera fe. Esta concepción binaria, vigente, por ejemplo en la constitución iraní, resurge con fuerza de la mano de un nuevo y peligroso fenómeno antiwestfaliano: los actores no estatales, como Estado Islámico o al Qaeda.

Para Kissinger, China no olvida que fue forzada a aceptar las reglas de Westfalia a pesar de que chocan con su propia concepción milenaria de ser el Imperio del Centro, único gobierno legítimo del mundo. Rusia, nostálgica de su grandeza, sigue determinada por su expansionismo, único y sin precedentes en el mundo. Y Estados Unidos, la casa en la colina, sigue debatiéndose en su misión fundacional de extender la democracia a pesar de que está claro que no es igualmente aplicable en todas partes.

A pesar de su aproximación erudita, y a su gracia para poner el foco en algunos temas, Kissinger se cuida muy bien de no poner demasiado énfasis, o en olvidar del todo sus propias actuaciones poco presentables, como en la tragedia de Timor Oriental o en el golpe de estado de Pinochet. Y a pesar de ser un protagonista, apenas deja traslucir esa experiencia en algunos aspectos. Merece comentario, por último, la descuidada edición de este volumen, y algunos errores gruesos de traducción que no se compadecen con la calidad del texto.

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