Campos de sangre: La religión y la historia de la violencia.

En nombre de Dios

Mauricio Sáenz reseña 'Campos de sangre: La religión y la historia de la violencia' de Karen Armstrong.

2015/07/18

Por Mauricio Sáenz

Los combatientes del Estado Islámico nos tienen aterrados. En los videos en internet aparecen, como en una pesadilla, blandiendo banderas negras y Kalashnikovs. Dicen estar dispuestos a matar a los infieles hasta conseguir su objetivo de implantar el califato mundial en nombre de Mahoma. Y hasta ahora nadie parece capaz de detenerlos. Esos asesinos le han dado fuerza a la idea simplista, pero vieja, de que la fe suele promover la violencia en el mundo. Desvirtuar ese lugar común es el objetivo de Karen Armstrong en su nuevo libro Campos de sangre: la religión y la historia de la violencia. La autora ha escrito varios tomos acerca del fenómeno religioso, y en este despliega un recorrido por la historia de los conflictos relacionados con ese origen, desde Gilgamesh, el rey sumerio, hasta los terroristas islámicos. Lo hace con la seguridad de quien conoce el tema desde adentro (fue monja católica en su juventud), con una mirada neutral, ecuménica y equilibrada, que no hace juicios de valor sobre los méritos de cada fe.

El argumento es este: detrás de la violencia asociada con la religión, hay causas mucho más complejas. Para comprobarlo, el libro emprende un viaje que comienza en Uruk, la primera civilización humana, surgida al florecer la agricultura. Ya desde ese momento, cuenta Armstrong, la visión del cielo de los sumerios tenía como trasfondo la necesidad de explicar la brutalidad de un sistema enteramente nuevo, en el que los labriegos trabajaban la tierra y una recién nacida aristocracia aprovechaba la gran novedad, los excedentes, lo cual, dicho sea de paso, fue crucial para que surgiera la civilización.

Hay espacio para el surgimiento del zoroastrismo en Persia, para los arios en India, para la formación de las etapas primitivas de China, para los israelitas... Desde entonces, y hasta la llegada del liberalismo ilustrado, no era posible separar la religión de la economía, la política, o de cualquier otra institución humana. La idea de hacerlo hubiera sido incomprensible, pues el ceremonial sagrado otorgaba significado a la vida y legitimaba la autoridad. Y si, como afirma Armstrong, todo estado tiene un grado de violencia estructural, las ideas religiosas terminaron involucradas en los actos de inhumanidad resultantes.

Ninguna doctrina está a salvo. El cristianismo, con sus fundamentos de caridad, se convirtió en un apéndice del poder desde que se volvió la religión oficial del imperio romano y, a la larga, dio lugar a las sangrientas cruzadas. Algo similar ocurrió con el islamismo, cuyos miembros originales, pacíficos y tolerantes, solo comenzaron a interpretar la yihad como violencia cuando surgieron los imperios. Entidades que, por lo demás, usaron la fuerza para mantener la paz, prevenir la guerra de sus vasallos y permitir el florecimiento de las culturas.

En el abanico de ejemplos comienza a quedar claro que la religión tiene un papel más visible en los conflictos cuando se produce una transición abrupta de un sistema a otro: de los cazadores recolectores a los agricultores, de las sociedades agrarias a las mercantiles, de las mercantiles a las industriales. Siempre hay violencia de por medio, pero el fenómeno religioso no desempeña un papel central. Más bien, argumenta Armstrong, sus representantes generalmente asumen un papel moderador, de reconciliación, casi siempre superado por los intereses “superiores” de la política.

Armstrong no se propone, ni mucho menos, justificar atrocidades como las del Estado Islámico. Pero nos deja en claro que, en el contexto, su ejemplo es diciente: nadie como los musulmanes de Oriente medio han tenido que sufrir desplazamientos masivos, colonizaciones, expropiaciones de tierras, creación de naciones inexistentes, imposición de tiranos e invasiones militares, en menos de dos siglos. Todos ellos son factores políticos, extraños a su fe, pero capaces de hacer mutar la interpretación del Corán, para desencadenar una violencia que más parece un grito desesperado ante la historia.

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