Una rueda de prensa para presentar un programa de realidad virtual de Samsung. Via WikiCommons.

Un mundo infeliz: el futuro de la humanidad

¿A dónde más podemos llegar los humanos? El historiador israelí Yuval Noah Harari presenta una hipótesis en 'Homo Deus: breve historia del mañana'.

2017/01/24

Por Mauricio Sáenz

En este nuevo volumen, el historiador israelí Yuval Harari retoma el hilo de su obra anterior, Sapiens: de animales a dioses, para entregarnos ya no su visión de la historia, sino su mirada al futuro. En ella, paradójicamente, seríamos víctimas de nuestra propia obsesión por acrecentar nuestro poder. Y no sería un final absoluto, sino el comienzo de algo muy distinto. Porque en el proceso evolutivo, nada asegura que “los sapiens sean la última estación”.

Harari parte de que los homo sapiens fuimos capaces de pasar, en solo 70.000 años, de monos a dueños del planeta, sobre todo por nuestra capacidad, única en el reino animal, de inventar y expresar mitos comunes (como dios o el dinero). En consecuencia, pudimos crear sociedades de miles de individuos dispuestos a colaborar en el mismo sentido.

Esa capacidad permitió a la humanidad superar en gran medida el hambre, las plagas y la guerra, que aunque no han desaparecido, hoy son manejables. ¿A dónde más podemos llegar? Entre otras cosas, a la amortalidad, dice Harari, quien señala que el objetivo de derrotar a la muerte está a la vuelta de la esquina, con ejemplos notables como Calico, una subcompañía de Google que destina recursos ingentes a prolongar la vida ad infinitum.

¿Y cómo llegamos aquí? Por siglos los humanos creyeron en dioses que les daban un orden cósmico. Pero en tiempos más recientes, la ciencia dio lugar, al menos en las sociedades industrializadas, a la revolución del humanismo, que pone por encima de todo la vida, la felicidad y el poder del homo sapiens. La religión humanista, que “invierte los papeles y espera que las experiencias humanas den sentido al cosmos”, dio origen a la modernidad, a la que Harari define como el resultado de un contrato en el que la humanidad cambió significado por poder.

Pronosticar, dice Harari, que en el siglo XXI los sapiens intentarán alcanzar la amortalidad, la dicha y, por tanto, la divinidad no es original ni visionario, pues son los ideales tradicionales del humanismo liberal, que prevaleció sobre los otros dos, el socialista y el evolucionista. Lo malo es que las nuevas tecnologías poshumanistas quitarán el sentido a ese sueño.

En efecto, esa misma capacidad de establecer redes de colaboración y, en últimas, de datos, multiplicada sin límites, llevará al final del humanismo. Harari menciona que la visión neodarwinista demostró que los sapiens somos, como los animales y las plantas, organismos electrobioquímicos que funcionan con algoritmos determinados por una constitución genética que refleja presiones evolutivas emparejadas con mutaciones aleatorias. Al combinarla con la teoría de la inteligencia artificial de Alan Turing, nociones como la libertad, el libre albedrío y el individuo quedan como recuerdos míticos.

En consecuencia, una nueva religión se abre paso: el dataísmo. Según esta tendencia de Silicon Valley, “el universo consiste en flujos de datos, y el valor de cualquier fenómeno o entidad se determina por su contribución al procesamiento”. Algo a lo que ya ayudamos cuando hacemos una búsqueda por internet, publicamos un trino o regalamos un ‘me gusta’.

El resultado es distópico: la gente cederá sus trabajos –y sus decisiones– a máquinas con algoritmos superiores, y como consecuencia enormes masas redundantes, obsoletas e inútiles buscarán su sentido en las drogas o en la realidad virtual. Entre tanto, solo los superricos y superinteligentes podrán alcanzar los beneficios de las tecnologías, decidir el curso de la evolución, editar sus genomas y eventualmente fusionarse con las máquinas. Ellos, y nadie más, integrarám la nueva especie, los homo deus, tocados por la divinidad. Mientras tanto, como dice Harari, los demás quedarán como neardentales caminando por Wall Street.

Harari, por supuesto, no afirma que esto sucederá necesariamente. Como él mismo asevera, es imposible prever las infinitas casualidades que determinan la historia. Pero todo lo que plantea tiene su base en conocimientos que hoy existen. Podría ser.

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