Mauricio Sáenz.

Zygmunt Bauman: estamos al borde del abismo

La democracia está enferma porque la gente ya no ve en el Estado esos mecanismos de protección y amparo que lo justificaron, sino un aparato burocrático encadenado por unas fronteras físicas y unas regulaciones que lo hacen cada vez más inútil.

2016/07/28

Por Mauricio Sáenz

Desde hace algunos años la humanidad recibe diariamente una avalancha de noticias inquietantes, cada una peor que la anterior, y la sensación de que algo grave está pasando es cada vez más palpable. No sería la primera vez, por supuesto, que grandes terremotos políticos y sociales amenazan un panorama otrora considerado inmutable. Pero en esta oportunidad estamos tan interconectados que no necesitamos de la distancia histórica para, al menos, intuir que la crisis no es pasajera y que en realidad atravesamos una época de transición hacia un futuro imprevisible.

Como podemos colegir de este asustador libro de Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni, la democracia está en peligro, y en su caída podría llevarse por delante a los Estados, esa creación del tratado de Westfalia que, con población nacional, territorio y soberanía, han regido el mundo tal y como lo conocemos desde el siglo xviii.

El sociólogo polaco y el ensayista italiano escribieron a cuatro manos su obra antes del brexit, pero este no hace más que potenciar sus tesis. De hecho, los partidos que acechan en el viejo continente para aprovechar su impulso y desguazar a la Unión Europea son típicos productos de la crisis de la democracia. Y si de verdad la UE desaparece, no lo será por sus debilidades, sino por el regreso del populismo antidemocrático en muchos de sus integrantes.

Para los autores, la democracia está enferma porque la gente ya no ve en el Estado esos mecanismos de protección y amparo que lo justificaron, sino un aparato burocrático encadenado por unas fronteras físicas y unas regulaciones que lo hacen cada vez más inútil. Porque el poder verdadero, localizado en un flujo global de capital, se ha separado de la política, que sigue operando a nivel nacional y local. En un pasaje Bauman habla de gobernantes reunidos un viernes para tomar decisiones económicas cruciales, solo para esperar el lunes, temblando, a ver si los mercados se comportaron como ellos esperaban.

Porque el poder, esa capacidad para hacer que las cosas pasen, y la política, la facultad de decidir lo que tiene que pasar, ya no están en sus manos. Ahora la suerte de la gente depende de personajes oscuros a quienes nadie ha elegido y que no le responden a nadie, cuyo único objetivo es hacer crecer capitales que se mueven vertiginosamente por el mundo. Capitales que desde el triunfo del neoliberalismo ya nada tienen que ver, como en el pasado, con la industria y el trabajo, sino con la especulación y la apuesta.

Esa incapacidad para enfrentar los designios del mercado ha puesto a los Estados de rodillas, desesperados por mantener el statu quo. Y ha desvirtuado logros obtenidos con sangre: los servicios públicos, por ejemplo, que otrora justificaban la organización estatal, ahora son negocios privados, desde la salud hasta el agua. Los contratos de trabajo, que ofrecían la posibilidad de una vida de progreso estable, han caído ante figuras flexibles que mantienen a la gente en ascuas. El viejo proletariado ha dado paso al precariado, donde aún las personas de las clases medias viven al borde del desempleo y del abismo. Y el ciudadano, orgulloso detentador de derechos, ha dado paso al consumidor, acorralado por mantener un nivel cada vez más volátil.

Y lo que es peor, ya nadie sabe a quién acudir. Antes de que todo esto comenzara, hacia finales de los años setenta, las ideologías más dispares coincidían solo en un punto: el Estado era el protagonista de la vida social, económica y política. Ya no.

Este libro duro e inquietante no puede dejar a nadie indiferente. Sus profundos análisis constituyen un arpegio más del coro de pensadores que advierten lo que está sucediendo con el paso del modernismo benigno de la posguerra al descarnado posmodernismo del cambio de siglo, y señalan que no parece ser nada bueno. Pero, como todos sus colegas, no ofrecen respuestas. Porque no son ellos precisamente quienes las tienen.

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