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Mejorar el pasado

Juan Carlos González reseña la última película de Joe Wright, Expiación

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Esta es una película sobre la percepción. Sobre lo que suponemos está ocurriendo y lo que en realidad está pasando. Es en la oposición de lo que se percibe y lo que es, en donde se apoyan el director inglés Joe Wright y el guionista Christopher Hampton –ganador del Óscar por Relaciones peligrosas (1988)– para contarnos, a partir de la novela de Ian McEwan, una magnífica historia de errores y consecuencias. Esto no quiere decir, de ninguna forma, que la manera de contarla sea teórica o muy intelectual.

Fiel al estilo de Orgullo y prejuicio (2005) –su anterior película–, Wright privilegia lo visual. De ahí que se concentre en la movilidad de una cámara que parece desplazarse por todos los ámbitos posibles con una agilidad entre etérea e inverosímil. Si este es un filme sobre lo que alguien ve, parece obvio entonces que el director decida mostrarnos todo y de la forma más prolija posible. Incluso insistir en la repetición de varias escenas para que comprendamos cuán diferente puede apreciarse una misma cosa desde dos ángulos distintos: desde el punto de vista subjetivo y lejano del que observa con convencimiento ciego y quiere ver lo que quiere ver; y desde un punto de vista objetivo y cercano, que muestra la realidad tal cual es. Privilegiados como espectadores, sabremos realmente lo que está pasando y comprendemos el error del que es capaz una percepción obnubilada y confundida.

¿De quién hablamos? De Briony Tallis (Saoirse Ronan), una adolescente y aspirante a literata que cree ver que su hermana mayor, Cecilia (Keira Knightley), es acosada por el hijo de una de las criadas, Robbie (James McAvoy), de quien ambas hermanas están enamoradas. Estamos en 1935, en plena campiña inglesa. Es el verano, la guerra aún es una amenaza distante, y los sentidos de Briony parecen estar sobreexcitados. Sobre todo porque no soporta que el joven solo tenga ojos para Cecilia y que entre los dos haya una inocultable tensión sexual. Briony se convence entonces de ser testigo de algo –aparentemente serio– que no ocurrió y decide vengarse con su testimonio. En ese momento, sin que ella pudiera medir las consecuencias, se decide el futuro de Cecilia y de Robbie: a partir de allí estarán separados por la cárcel y la guerra.

Briony dedicará el resto de sus días a expiar su culpa, a tratar de aliviar su conciencia. A través, también, de la escritura y la literatura, buscará lo imposible: mejorar el pasado. ¿Lo conseguirá? Al comenzar este texto hablábamos de las trampas de la percepción. Wright, inteligente, extiende este concepto a una escena clave del filme que creemos es parte de la narración central objetiva pero que, en realidad, solo sucede en la mente y en la pluma de una persona. Hemos sido víctimas nosotros también de un error. Ya lo decía William Blake: “Cuando las puertas de la percepción se abran, el hombre verá las cosas como realmente son, infinitas”. Desafortunadamente para Briony Tallis –y para nosotros– esas esquivas puertas siguen sin abrirse.

Al terminar esta hermosa película, todo por fin encaja. Nos hemos asomado, gracias a sus bellas y evocadoras imágenes, a unas existencias golpeadas por el destino, por las trampas de algo que podemos llamar azar, ante la falta de un nombre mejor. En este momento solo aspiramos a que tengan paz. Ya tuvieron demasiada culpa, demasiado dolor, demasiada ira. Es hora de descansar para siempre.

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