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Memoria del hijo réprobo

Joaquín Uribe Martínez reseña El heredero, primera novela del argentino Mario Catelli

2010/03/15

Por Joaquín Uribe Martínez

El heredero, primera novela del argentino Mario Catelli, acaba de recibir el Premio Bruguera. Catelli (Rosario, 1957) vive en Barcelona desde hace veinte años, donde se ha desempeñado, entre otras cosas, como músico, actor de teatro de calle, mensajero y pintor de brocha gorda. También ha sido traductor y autor de algunos libros juveniles.

El protagonista de la historia, Martín Requena (o Marcos Parto, según su pasaporte), es un rosarino que llega a España durante los años de la dictadura militar argentina y que consigue, luego de prestarse a los caprichos sexuales de un anciano funcionario de la Sección de Extranjeros de Barcelona, una carta de residencia sin permiso de trabajo. Acaba de separarse de Carlita, una mujer insoportable que vino con él desde Argentina. Su madre agoniza en un hospital de Rosario y él no tiene plata para ir despedirla. Mientras tanto se gana la vida tocando el saxofón en un parque lleno de hippies, pintando casas o metiendo la mano disimuladamente en una que otra caja registradora. Todo esto ocurre, para mayor confusión, en esa Barcelona preolímpica que se debate entre los rezagos de la vida pueblerina y el desorden de las grandes capitales.

Martín Requena es una versión bastante argentina de los engendros bukowskianos. Perteneciente a la estirpe más decadente de los héroes novelescos, incapaz de encontrar alguna comunión el mundo –pero sin atreverse tampoco a causar una ruptura definitiva con la suciedad y la trivialidad que lo rodean–, termina refugiándose en el cinismo, en el tedio y en los recuerdos de su infancia en Argentina (la propaganda afirma que se trata de una novela bastante autobiográfica). Aquí la vida marcha inevitablemente hacia una ruina carente de dignidad y belleza: “Una ligera sensación de fracaso me acompaña como un piercing que no puedo quitarme para que el agujerito no huela a podrido”, declara Martín Requena luego de destrozarse una mano en una borrachera.

El heredero alterna la narración de lo que va ocurriendo Barcelona y las evocaciones breves y difusas de un pasado en el que vemos el oscurecimiento progresivo de la sociedad argentina en tiempos de la dictadura. Entonces uno no puede dejar de acordarse de ese cuento de Julio Cortázar, Casa tomada, donde una presencia extraña va invadiéndolo todo con un ritmo que resulta tan inevitable como difícil de explicar. Esta vida fragmentada del exiliado que ha perdido su capacidad de encontrarse en el tiempo y en el espacio, que no puede casarse ya con ningún discurso nacional y que ha dejado de creer en la historia, se traduce muy bien en la forma entrecortada y un tanto balbuceante de la novela. Catelli no nos ofrece una de esas tramas espectaculares que sirven para seducir al “desocupado lector”, sino que opta por una narración de corto aliento que, no obstante su gran carga emotiva, logra mantener el hilo de la historia sin caer en sentimentalismos prefabricados (algo que se le debe reconocer si se tiene en cuenta que el tema del argentino exiliado ha dado para que se escriban vaya uno a saber cuántas novelas).

Catelli narra con esa lucidez de los que, al escribir, buscan también exorcizarse. La palabra se torna anárquica y desvergonzada y los hechos pierden importancia. Es esta vocación poética la que aporta originalidad al trabajo de Catelli: su conciencia de que es menos importante volver sobre lugares comunes con tramas cada vez más complicadas, que la necesidad de revolcarse en el lenguaje hasta dar con una expresión justa del mundo arruinado en el que nos figuró vivir.

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