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Memorias de un historiador ciudadano ejemplar

Hernán Darío Correa reseña 'Memorias intelectuales' de Jaime Jaramillo Uribe, uno de los últimos trabajos del fundador de la facultad de Historia de la Universidad Nacional de Colombia.

2010/03/15

Por Hernán Darío Correa

Memorias intelectuales, tal vez uno de los libros más importantes entre los que se presentaron en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en 2010, nos ofrece unas memorias personales que son también las del proceso de hacerse contemporánea nuestra inteligentzia. No solo por tratarse del “padre de la nueva historia en el país”, sino porque su vida y trabajo han estado ligados de forma permanente a la formación intelectual de varias generaciones en la Escuela Normal, la universidad, el Cerlalc, y revistas como el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, entre otras.

Es el relato sobre cómo se fue haciendo a sí mismo quien corrió detrás del primer carro que llegó a su pueblo –“Otún”, la Pereira de comienzos de los años veinte–, hasta llegar a ser profesor invitado en la universidad alemana, autor de varios libros pioneros, algunos aún insuperados, o gestor del Manual de Historia de Colombia, a través de un trabajo tesonero de pensamiento que se asume construido desde cuatro grandes fuentes: la lectura, siempre entre la literatura y el ensayo; el estudio, que abarcó desde temprano filosofía, historia y textos científicos sociales y naturales; la amistad, desde la cual se granjeó privilegiados interlocutores de sueños y realizaciones académicas; y los viajes, dentro y especialmente fuera del país, a veces por largas temporadas; todos asumidos con una ecuanimidad y un espíritu abierto que incluyó el aprendizaje y manejo de diferentes idiomas, con una persistencia y claridad sorprendentes en medio de décadas de cambios tan profundos y traumáticos como los vividos por el mundo y el país en la mitad del siglo.

El destino personal (vida y obra –escritos y proyecciones pedagógicas–) y el sino de nuestra inteligencia se juntan en los debates que vivió sobre cosmopolitismo y precariedad del campo de la cultura en el país, la pacatería y la agresividad católica, y el espíritu provinciano de quienes controlaban la academia y los medios al momento de asumir su proyecto de vida: el santismo y el laureanismo, que han resultado, al tenor de los problemas actuales del país, de más larga duración que la prevista desde entonces.

Quizá por ello también pudo evitar en su periplo otro problema nacional: la exagerada politización de la vida intelectual, impuesta por la fuerte presencia del drama español y del debate sobre el totalitarismo y el inicio de la guerra fría. Paradójico aporte, al mismo tiempo de mundo y de espíritu sectario, que en estas memorias se trata a través del recuento de su formación con amigos como Frank Mejía, Antonio García, Mario Latorre Rueda y Hernán Toro Agudelo; y profesores como Hommes, Massur, Schotellius, Rochester, Socarrás, Vila, Recasens o Rivet; entre otros. Con ellos, y después con colegas de todo el mundo, llegó a forjar preguntas sobre la historia nacional que como se sabe, se refieren a nuestra identidad mestiza, a las ideas y al pensamiento político y filosófico (“tendrá que buscarlas muy bien”, le dijo López Pumarejo en la redacción de El Espectador, en los cuarenta).

El decantado recuento de esta vida nos revela la temprana universalidad de nuestra inteligentzia (primeras lecturas: Victor Hugo, Arguedas; un curso sobre Weber en 1944 en la Universidad Nacional…); pero también un tono mesurado y discreto, en ambos sentidos de la palabra, deudor explícito de Stendhal (“el estilo ideal es el del código civil”), como citó el mismo Jaramillo en su texto sobre Ospina Vásquez, mas aquí tal vez no tan pertinente. En todo caso, este libro mantiene una excelente relación entre memorias e historia, en el sentido de no haber intentado hacer lo segundo impostando las primeras, y de seguir en sentido inverso la regla de Habermas: “La mirada del historiador no puede dejarse dirigir por el interés de este lector que exige aclaración sobre su propia situación histórica”. Otro modo, quizá, de hacer bien la tarea, como ya nos tiene enseñados este ciudadano ejemplar.

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