La intrusa

Mesura

2013/10/18

Por Alberto de Brigard

Éric Faye encontró en el 2008 una noticia de esas que las agencias internacionales hacen circular para relleno de los periódicos del mundo: un hombre de Nagasaki había descubierto que a su casa entraba una persona desconocida. Tras una breve investigación, descubrió que se trataba de una mujer que había ocupado, secretamente y durante más de un año, un cuarto que él no utilizaba mucho.

Faye, periodista de Reuters, se hizo las preguntas prescritas para su profesión: ¿qué?, ¿quién?, ¿dónde?, ¿por qué? Pero dejó que fuera su imaginación quien respondiera y logró construir una novela compacta, que ofrece en sus pocas páginas dos personajes más profundos y multifacéticos que los que pasan sin dejar rastro por libros mucho más gruesos.

El autor no complica la historia con muchos detalles adicionales a los que ofrece la noticia, pero explora los nexos entre dos soledades que construyen por caminos indirectos una relación compleja, en la cual la intimidad adquiere connotaciones poco usuales. Precisamente lo evasivo de una definición precisa de qué es la intimidad enriquece con muchos matices los hechos escuetos de esta narración y nos lleva a mirar con compasión y cierta simpatía tanto al invadido como a la invasora. Es interesante que el autor logre balancear tan bien los dos lados de la anécdota: para él tiene la misma importancia explicarse quién haría una cosa extrema como esta, que comprender a quién podría ocurrirle algo tan poco común.

Este hombre y esta mujer habitan respectivamente espacios de sus propias vidas que, como esa casa de Nagasaki, permanecen sin ocupar la mayor parte del tiempo y solo se manifiestan como vacíos, no como espacios que ellos pueden llenar con su voluntad y algo de suerte. La conclusión de esta pequeña novela es abrupta, no especialmente optimista pero tampoco trágica, y aporta luces sobre las causas más remotas de los sucesos y de las motivaciones para el extraño comportamiento de los protagonistas.

En algún momento de la novela la intrusa agradece al dueño de la casa su mesura en el momento de confrontarla y llevarla a la justicia. El hombre hace un gran esfuerzo por definir con justicia y precisión los innegables daños que ha sufrido por la invasión; el balance entre lo que ha perdido y lo que ha ganado con el descubrimiento de esa presencia inesperada en su vida y en su espacio queda abierto, aunque hay indicios de que la soledad adquiere un significado nuevo para él, que quizá traiga cambios. De manera similar, los lectores tenemos motivos para apreciar la mesura de Faye en la presentación de su narración. El autor parece contentarse con un esbozo –detallado sí, pero esbozo al fin y al cabo– de las posibilidades de la historia, lo cual no le impide sembrar sus páginas con una cantidad insospechada de ideas originales e interesantes.

El género híbrido de la novela breve, que ni siquiera tiene nombre propio en nuestro idioma, esconde muchas trampas: equilibrar la necesidad de ofrecer historias y personajes suficientemente originales y bien definidos, con la precisión necesaria en un espacio rigurosamente delimitado, es un gran reto. Faye lo supera en este libro melancólico, engañosamente sencillo e intrigante.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.