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Miel roja

Nicolás Mendoza reseña la última película de Tim Burton, Sweeney Todd

2010/03/15

Por Nicolás Mendoza

Nos han entrenado para sentir un rechazo automático por la venganza, para considerar moralmente reprobable el principio que dice “ojo por ojo”. La expresión proviene del libro del Éxodo (21:24); y lo asombroso es que los antiguos la acuñaron como un principio civilizador porque antes la venganza carecía de proporciones. Como la ira humana suele superar en destructividad a la divina, se hizo necesario fijarle límites: la justa venganza es la que inflige el mismo daño que nos han hecho, un diente por un diente, un ojo por un ojo ¡y nada más! Posteriores desarrollos, como los planteados por Jesucristo, Ghandi o Sir Francis Bacon, nos han llevado a la situación actual, en la cual la venganza personal carece de sentido y la fórmula del “ojo por ojo” parece escandalosa.

En Sweeney Todd estamos hablando de venganza prehistórica, desmedida, sin proporciones. Como debe ser. No importa que a Benjamin Barker le hayan robado quince años de su vida, lo grave es que han deshonrado a su mujer, y le han quitado la posibilidad de ser feliz en este mundo. Ojo por ojo sería lo mismo que no vengarse. Es El vengador anónimo 2 versión Tim Burton. Su premisa de vengador es tan elemental como poderosa. Con corte de pelo al estilo Beethoven, y una navaja de plata en la mano el barbero se prepara para la venganza cantando “de mi navaja brotarán preciosos rubíes”. Es exquisito porque es primordial, arquetípico y muy refinado.

Establecida esta sencilla premisa, la película se toma todo el tiempo que le provoca antes de llevarnos al sangriento desenlace. En Sweeney Todd, Burton ha construido un universo cuyo centro es un Londres gris habitado por los diferentes pecados y miserias de nuestra raza humana, en el cual sentimos que nos perdemos a cada paso. Sin embargo, lo que vemos en pantalla está bajo control; la suciedad es hermosa y la podredumbre romántica. La secuencia de los créditos iniciales es típica de Burton: la cámara se pasea por un bizarro mecanismo oxidado cuyo color gris chatarra contrasta con el de su lubricante: sangre roja tan espesa y brillante que más parece la dulce miel de la venganza.

Cada escena, cada encuadre, cada movimiento de los actores está cuidadosamente estudiado. Sweeney Todd tiene además un excelente guión, adaptado del musical neoyorquino del mismo nombre. Abundan frases memorables como la del Signor Pirelli que dice “Soy el rey de los barberos, el barbero de los reyes” o la del mismo Sweeney que al reencontrarse con su navaja exclama “¡Mi brazo está completo de nuevo!”. Esta suma de cosas (la imagen impecable, el texto inteligente, la premisa radical) hace que la película sea supremamente sólida.

Un puñado de personajes son suficientes en este universo personal. Helena Bonham Carter hace el mismo papel que en El club de la pelea, y le vuelve a salir bien. Sacha Baron Cohen (el talentosísimo creador de Borat y Ali G) no decepciona con su corta aparición como el Signor Adolfo Pirelli, y Alan Rickman logra un Juez Turpin realmente detestable. Todos ellos son el coro acompañante del gran Johnny Depp, quien de nuevo logra crear un personaje inolvidable. Su Sweeney Todd está genuina y profundamente atormentado por la ira y el deseo de venganza. Él es el verdadero lado oscuro. Lo tiene todo tan claro que emana una autoridad infinita. El barbero de Depp es uno de los personajes más poderosos que se han visto en mucho tiempo.

Estamos ante un Burton más concreto que nunca; determinado e implacable como su personaje, nos sienta en la silla del cine, nos pone la navaja en el cuello, y durante toda la película no podemos hacer otra cosa que mirar con miedo de parpadear. Nuestro héroe, Sweeney Todd, entiende lo que dijo Confucio sobre la revancha: “Antes de embarcarte en el viaje de la venganza, tienes que cavar dos tumbas”. Pero no le importa porque ya hasta su propia sangre le sabe a miel.

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