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Mis años de guerra

Steven Dudley reseña Mis años de guerra de León Valencia Norma, 2008 288 páginas

2010/07/02

Por Steven Dudley

La literatura sobre la guerrilla en Colombia puede dividirse a grandes rasgos en cuatro categorías generales: análisis académicos, relatos periodísticos, propaganda de los líderes y memorias de los soldados mismos. No obstante, el libro de León Valencia, Mis años de guerra, desafía esta clasificación. Valencia, un militante político y más tarde uno de los líderes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), dedica tanto espacio narrativo al análisis como al recuento de historias sobre sus colegas; hace tanta autocrítica de sí mismo y de sus acciones como idealización de algunas organizaciones políticas e insurgentes. El resultado es igualmente híbrido y me lleva a preguntarme si realmente se cumplió el objetivo explícitamente enunciado en la introducción del propio libro: establecer la validez de la autoridad moral de Valencia para hablar de la hipocresía de la derecha en el ambiente político contemporáneo.

Valencia comienza diciendo que su texto es una respuesta a quienes “señalan una y otra vez que mi pasado me inhabilita para ejercer una labor crítica sobre los acontecimientos de hoy”. No es una tarea fácil. Como director de la Corporación Nuevo Arco Iris, a través de sus columnas en El Tiempo, y en el libro Parapolítica, Valencia y sus colegas en la corporación han llevado a cabo un trabajo notable y sin precedentes denunciando las alianzas de los paramilitares y los políticos en los últimos años.

De hecho, uno de los aspectos que hacen excepcional a Valencia es su propia experiencia creando alianzas político-militares similares durante sus años de militante de izquierda en el MIR-Patria Libre y, más tarde, en A Luchar, pero que, paradójicamente, es lo que hace que sus críticos estén esperando una especie de acto de contrición.

Desafortunadamente, Valencia ofrece pocas reflexiones profundas sobre estas alianzas, e incluso cuando considera las contradicciones parece pasar por alto algunos de los aspectos clave. Por ejemplo, al hablar de la relación de A Luchar con el ELN, el autor no parece ver una contradicción entre afirmar que los líderes de A Luchar “estaban orgullosos de sus conexiones con el ELN” y que “miles de personas que no sabían de la relación de esta organización con la guerrilla y acudían al movimiento porque veían ahí un espacio legal, un lugar legítimo para hacer política”.

Entiendo que hay una gran diferencia entre los propósitos de los actores ilegales de la derecha y los de la izquierda, la primera intenta reforzar el statu quo mientras la segunda intenta romperlo, pero la estrategia es la misma: la unión de la lucha armada con la lucha política. El autor, sin embargo, no parece ver la semejanza entre lo que él mismo critica duramente y lo que los movimientos político-militares a los que él estuvo vinculado hicieron. Valencia reprocha el asesinato de “más de cien activistas de A Luchar” sin señalar que esos asesinatos, sin duda deleznables, fueron en parte consecuencia de esa misma estrategia. Y lo que es más, desde el comienzo Valencia tiene una visión romántica de la causa subversiva incluso si en ocasiones se muestra en desacuerdo con algunos de sus métodos, especialmente el secuestro.

Para ser justos, el libro de Valencia ofrece una interesante y novedosa perspectiva de la difícil vida de los militantes a menudo escindida entre diferentes facciones y el esfuerzo por mantener relaciones familiares y personales. Además, nos brinda perfiles geniales de algunos de los líderes que dirigieron este movimiento en los años setenta y ochenta, algunos de los cuales todavía juegan un importante papel en la política nacional.

Finalmente, el libro es también una contribución importante a la creciente literatura latinoamericana sobre el giro de muchos radicales hacia posiciones más prácticas. Sin embargo, no estoy seguro de que Valencia haya ahondado lo suficiente para satisfacer ni a sus críticos ni a sí mismo.

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