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Mortalidad, de Christopher Hitchens.

Mortalidad, de Christopher Hitchens.

Crítica libros

La voz amenazada

Por: Luz Mary Giraldo

Publicado el: 2013-02-19

Dentro y fuera del escenario “era imposible hablar después de mi marido”, dice en el epílogo de Mortalidad, Carol Blue, la esposa de Christopher Hitchens, al evocar al controvertido escritor y periodista que desafió auditorios y personajes, de la misma manera que durante año y medio desafiara a la muerte con la escritura. Añorando “su voz en la página”, Carol recuerda el ir y venir entre médicos y hospitales, haciendo eco de las reflexiones finales de su marido, quien fiel a sus convicciones se enfrentó a la certeza de la muerte y quiso dar testimonio de saberse un cuerpo que se acaba.

Cuando en la plenitud de su carrera profesional, Hitchens se enteró de que padecía un cáncer de esófago, no solo continuó con su trabajo habitual, sino que dedicó los meses que le quedaban a aprovechar “la libertad de palabra” para reflexionar sobre lo que significa vivir muriendo. Al pasar del “país de los sanos a la frontera inhóspita del territorio de la enfermedad” donde está “Villa tumor”, tuvo claro que debía afrontar sus últimos meses de vida “para ‘hacer’ la muerte en voz activa y no en voz pasiva”. Con ello recuerda, entre otros, a R.H. Moreno-Durán, quien aquejado por el mismo mal conservó su centro vital en la palabra.

Por eso, más allá del dolor físico o moral y ante el temor a quedarse mudo, se propuso pensar en el significado de ser un cuerpo y en afianzar la propia voz. De ahí que en diversas etapas de la enfermedad destaque el valor de “verdadera vida” que le da un escritor a la voz y a las palabras, pues perder “las correas de transmisión que conectan con la escritura y el pensamiento” es sentir que se disuelven identidad y personalidad, lo que se acompasa con el proceso de deterioro revelado en la piel que se decolora cuando se acerca la muerte.

Hitchens hace énfasis en la necesidad de la escritura, pero también en la conciencia de ser un cuerpo antes que tener un cuerpo. Sabe que la enfermedad necesita de un cuerpo para vivir y paradójicamente muere en ese mismo cuerpo, en el que como en un campo de batalla se debaten células buenas y malas buscando sobrevivir. Y si muchos lo estimulan a luchar para vivir, reconoce una tensión: “la guerra contra Tánatos” y “la pérdida inmediata de Eros” como “un enorme sacrificio inicial”.

No hay aquí intención novelesca ni de expresar afectación emocional. La propuesta es otra: apela a su “racionalismo estoico” en el que predomina la resistencia contra la autocompasión y el egocentrismo, lo que lo lleva a dialogar con científicos, médicos, filósofos, poetas y pensadores de diversas épocas, que aceptan o rechazan los consuelos de la religión y la “ilusión vana” de sus efectos terapéuticos. Con gran escepticismo alude a los protocolos médicos, a las expectativas sobre la curación y las secuelas del tratamiento y confronta a creyentes y amigos que lo instan a salvarse recurriendo a la fe o a luchar contra el mal porque “tú puedes”. En contravía de aquellos que en sus circunstancias se someten a la “absoluta dependencia del rebaño”, no renuncia al ateísmo y asume sus “infernales consecuencias”.

En los siete artículos –publicados originalmente en Vanity Fair– que componen el libro (más un octavo hecho de fragmentos inconclusos, escrito en sus días de agonía en el M.D. Anderson Cancer Center en Houston), Hitchens trata de entender la condición humana en la proximidad de la muerte y afirmarse en lo que él mismo ha sido a lo largo de su vida: un escritor conciente del sentido de la palabra, alguien básicamente descreído de toda visión trascendente de la existencia que no por ello ha dejado de ser feliz y optimista.