Muere un mundo

Jorge Salazar reseña "El cemetnerio de Praga" de Umberto Eco.

2010/02/28

Por Jorge Salazar

Simone Simonini, antiguo notario italiano, se radica en París para dedicarse a jugar el juego que mejor juega: engañar. El capitán Simonini es un experto caligrafista, conoce al dedillo el arte de alterar e inventar documentos, de organizar conjuras, de espiar; es, además, un experto en la buena mesa, un sibarita. Estamos en el año de 1897. Un buen día, Simonini despierta y su memoria es un banco de niebla; ha perdido casi todos sus recuerdos. Para agravar las cosas, descubre que en su modesto departamento parisino habita alguien más. Él, que ha pasado la vida en solitario, encuentra que su casa tiene un misterioso pasillo que comunica con otras dependencias y alguien lo vigila. Simoni -y junto con él el lector de El cementerio de Praga, la nueva novela de Umberto Eco- debe encontrar una forma de resolver el vacío de su memoria y descubrir la identidad de su misterioso visitante.

 

Estas son las líneas básicas de esta novela que, en cierto modo, recoge buena parte de la producción de Eco. De El nombre de la rosa conserva la estructura de la novela histórica cruzada de investigación policiaca. De El péndulo de Foucault toma la teoría de la conspiración. De La misteriosa llama de la reina Loana sale el tema de la memoria. De la obra semiótica aparece el interés por las novelas de folletín. Una constante en la obra novelística de Eco es la intertextualidad, pero en El cementerio de Praga las referencias ocurren respecto de su propia obra. También, como es costumbre en Eco, hay un interés por la forma misma de la narración. Novela compleja, con múltiples personajes y voces narrativas, El cementerio de Praga corre el riesgo de naufragar en su propia complejidad. La maestría de Eco logra salvar los escollos. Es también un gran fresco del siglo diecinueve europeo. El protagonista empieza su periplo en Italia, hacia 1830; pasa por las guerras nacionales de Garibaldi y se traslada luego a Francia. En el enrarecido ambiente político revolucionario, el protagonista se mueve como pez en el agua. Espía para unos y otros, traiciona a todos y juega arriesgadísimas partidas políticas. Sin embargo, Simonini no es un político profesional. Parece más un buen burgués, mediocre y timorato, deseoso de obtener una renta desahogada que le permita establecerse en la vejez y dar rienda suelta a su sibaritismo. Su única convicción auténtica, la que lo acompaña a lo largo de la novela, es su desmedido odio hacia los judíos, un odio alimentado desde su infancia por un abuelo fanático. A su modo, Simonini es un ángel de la perversidad, pero carece del vigor de un Mefistófeles o la sutileza de Yago. Su virtud es estar en el lugar preciso y en el momento justo, actuar sin entrañas y no preocuparse demasiado por las consecuencias de sus actos.

 

Un mérito de las novelas de Eco es el hecho de que todas acontecen en momentos de crisis. El lector de El cementerio de Praga tiene la sensación de estar en el umbral de un mundo que agoniza y de otro que todavía no logra nacer. El mundo que muere es el mundo de una burguesía comercial establecida y muelle, ya reconciliada con la iglesia y con los poderes públicos. Y su muerte es terrible, porque acontece al tiempo que el poder centralizador de la iglesia ha agotado sus fuerzas, que el poder unificador de las monarquías se ha extenuado y no se ve en el horizonte nada con qué reemplazar esos colosos que caen. Simonini es un personaje construido para ese mundo en descomposición, pues ya no tiene partido ni bandera. En muchos aspectos, el protagonista es también una metáfora del hombre sin escrúpulos y sin hogar, que va a desencadenar, casi sin quererlo, dos de los grandes monstruos del siglo veinte: el comunismo y el nazismo.

 

El cementerio de Praga

Umberto Eco

Lumen, 2010

587 páginas

$39.000

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.