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Muerte en la tarde

Juan Carlos González reseña Tiempo de vivir de Francois Ozon

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

François Ozon es uno de los pocos directores europeos cuya obra fílmica reciente –vaya usted a saber por qué motivos misteriosos– hemos podido ver en el país, así sea con algunos años de retraso. Sus últimos cinco largometrajes se han exhibido en Colombia: Gotas que caen sobre rocas calientes (2000), Bajo la arena (2000), 8 mujeres (2002), La piscina (2003) y 5 x 2 (2004), a los que ahora hemos de sumar Tiempo de vivir (Le temps qui reste, 2005), que en España se exhibió como El tiempo que queda, haciéndole honores al título original. Se trata de un autor que no teme asumir riesgos narrativos ni estilísticos, y logra explorar sin dificultad diversos géneros, siempre desde una óptica dramática, cuando no decididamente solemne. Este último factor le ha generado no pocos contradictores, que ven en él al gestor de un producto inflado, con más forma que fondo.

Como en Bajo la arena –en nuestro concepto su película mas lograda– es aquí la muerte la protagonista. Pero ya no la muerte de un ser amado, sino la propia. Cuando van apenas unos minutos del metraje de Tiempo de vivir ya sabemos que Romain, un exitoso fotógrafo homosexual de 31 años, tiene un cáncer terminal. El resto del filme lo dedica Ozon a contarnos y a mostrarnos el modo en que este hombre asume esos días que le quedan. No se trata de una de esas típicas historias de redención tardía y arrepentimiento sanador, como bien podría uno suponer luego de ver en cine este tipo de acercamientos una y otra vez. Pero, de igual forma, ya tenemos unas expectativas formadas respecto a lo que deberían ser las narraciones de este tipo y al observar que esta no se pliega exactamente a esos parámetros hay también una curiosa sensación de frustración que, por fortuna, no alcanza a afectar el balance general de una película que se ocupa –ante todo– de un hombre que llega al final de sus días terrenales con la misma difícil dignidad con la que había vivido: sin pedir auxilio a gritos, sin generar compasión o lástima. Es él el único dueño de su duelo y su dolor, y tiene el pudor de no convertirlos en arma a su favor.

Ozon se acerca al Bergman de Fresas salvajes (1957) en la licencia tempo-espacial que le permite a Romain evocar y ver al niño que un día fue. Ese esporádico volver al pasado le ayuda a entender el origen de muchas de las soledades, frustraciones y desencantos que ahora padece y que lo han alejado de su familia –en especial de su hermana– y lo han convertido en un ser individualista e incapaz de expresar con claridad sus sentimientos. Una visita a su abuela paterna (interpretada por Jeanne Moreau, noble en la implacable vejez) le permite de alguna forma desahogarse. Pero Ozon no va a traicionar al personaje convirtiéndolo de repente en un sentimental que quiere recuperar el tiempo perdido. Lo vemos a tientas, tratando sin duda de encontrar una luz humana o espiritual, soportando valeroso el dolor físico, en ocasiones derrumbándose por dentro, pero, en últimas, comprendiendo que nada ni nadie va a poder hacer algo ya por él. Un último acto de generosidad con una pareja que apenas conoce le permite dejar una pequeña huella en el futuro. Una que ni él mismo llegó a pensar que podría dejar. Es, de alguna forma, una despedida.

Ahora Romain tiene el mar frente a él. Está solo, rodeado por un centenar de ruidosos bañistas que disfrutan un día de sol. Sonríe al verse de nuevo como niño. Se mete al agua, sale, se tiende sobre una toalla. La tarde cae y el telón también.

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