'Roza, tumba, quema' de Claudia Hernández.

La guerra en femenino

Luego de 75.000 muertos y desaparecidos terminó una guerra que ni siquiera ahora, 25 años después, ha logrado cerrarse del todo. O eso parece querer demostrar la novela 'Roza, tumba, quema' de Claudia Hernández.

2017/09/19

Por Camilo Hoyos

El conflicto armado en El Salvador comenzó cuando la militancia del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional proclamó una insurgencia general el 10 de enero de 1981. El gobierno de la Alianza Republicana Nacionalista no dio su brazo a torcer y respondió con la fuerza militar de la represión violenta a tal nivel que la Comisión de la Verdad de la ONU, dos años después de terminado el conflicto, encontró culpable al gobierno de un altísimo número de desapariciones forzadas, homicidios, torturas y demás exabruptos de un conflicto militar. Se trató de un coletazo de la Guerra Fría, que no vio su final sino hasta el 16 de enero de 1992 con la firma del Acuerdo de Paz de Chapultepec. Luego de 75.000 muertos y desaparecidos terminó una guerra que ni siquiera ahora, 25 años después, ha logrado cerrarse del todo. O eso parece querer demostrar la novela Roza, tumba, quema, de la salvadoreña Claudia Hernández (1975), de quien sabemos más bien poco. La novela visita lo que precisamente hace 25 años vivieron los excombatientes del FMLN en su reinserción a la sociedad como civiles. Es el relato de una madre que vela por la educación de sus cuatro hijas mientras que se acostumbra a vivir en la ciudad, luego de haber dejado las armas y haberse guardado durante todos los años de combate los secretos que debía transmitir entre los altos mandos subversivos. De estar al acecho en el monte, la madre, sin nombre (como todos de los personajes de la novela), carga con el peso de la guerra a la vez que con la responsabilidad de ser madre única que debe continuar con su lucha diaria.

Hay una especie de velo que cubre toda la novela, y debe ser el efecto de no utilizar nombres, ni de personajes o lugares, o porque gran parte de la novela está narrada en presente, o por la ausencia de adjetivos. Pero en medio de esta bruma sobresale lo que posiblemente sea la mejor de sus propuestas, que es una perspectiva femenina que cobra todavía más valor cuando se tiene que enfrentar los recuerdos de la guerra, que es sin discusión alguna un espacio masculino. La importancia de la voz femenina durante los conflictos armados, que es la que debe cargar siempre con el peso de los más perversos exabruptos de los conflictos entre hombres, deberá ser siempre un tema de primer orden en las novelas sobre la guerra. Porque para una madre la guerra nunca termina: tiene que enfrentarse con la hija que le quitaron al nacer y que fue dada en adopción a una pareja de franceses, sin su consentimiento, y que ahora no quiere verla; también con el viaje de otra hija, que decide irse del país para tener mejores oportunidades. Tiene que enfrentarse con lo que nunca imaginó en combate: los trámites para las subvenciones, cuando se decide a recibirlas; los papeles y cartas para que sus hijas puedan entrar en la universidad, en cuyos formularios siempre marca la x de excombatiente porque sabe que le otorgarán alguna ayuda económica. Pero también con los recuerdos de su padre en el monte, quien fue a salvarla de tres desertores que visitaban su casa para intentar violarla.

El título hace referencia al método de la agricultura itinerante en que se prende fuego a los árboles de un área con vegetación densa para así poder utilizar el frágil suelo para cultivos. No es un título arbitrario, en la medida en que el campo y la guerra están íntimamente ligados. A pesar del poco productivo suelo que deja para el cultivo, la madre logra enraizar a sus hijas alrededor suyo, como centro del posconflicto, como bastión de lo que debe regenerarse. De allí posiblemente que resulte tan llamativa cuando tantas novelas tendrán que eventualmente escribirse sobre nuestro conflicto.

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