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Música, política e integración desde Israel

José Alejandro Cepeda reseña el álbum del músico israelí Idan Raichel, The idan Raichel Project

2010/03/15

Por José Alejandro Cepeda

“Bullshit”, se responde Adam Clayton, bajista del cuarteto irlandés U2 en el documental Rattle And Hum (1988), reflexionando sobre si hay problema en mezclar expresiones humanas incluyendo la música o el deporte con la política. Antiguo interrogante que rodea al arte, resuelto por un grupo de rock exitoso que ha opinado sobre política desde su primer día musical, lírica y gráficamente, arriba y abajo del escenario: no importa.

Lo que sí importa es que se haga bien. Intelectual y estéticamente. Porque sin ser una obligación y quepa la censura, el arte se ha valido de la política remotamente para crear y opinar sobre la realidad —buena o mala—, alimentando la llamada esfera pública. Afortunadamente suelen encontrarse cosas buenas, desde las esculturas griegas al servicio del poder divino y humano de Fidias (al final encarcelado y exiliado por las propias fuerzas de Pericles), hasta el Guernica que denunciaba en 1937 el bombardeo nazi sobre Euskadi gracias a Picasso. Así, sin pretender hacer comparaciones grandilocuentes, Idan Raichel, músico israelí nacido en 1977 en Kfar Saba, proveniente de familia rusa ashkenazi, está haciendo las cosas bien. 

 La obra inicia en 2002 como The Idan Raichel Project, ofreciendo básicamente fusión electrónica, textos hebreos y música etíope. Su historia, la de un teclista que de joven aprendió a tocar el acordeón, se interesó por el tango, la música gitana y el jazz. Durante el servicio militar obligatorio, lideró un grupo de rock del ejército que hacía versiones de éxitos del pop israelí y europeo. Luego, un encuentro clave al trabajar en servicios sociales para inmigrantes, en el que conoció a judíos de Etiopía que traían viejas cintas de sensibles creadores como Mahmoud Ahmed, Aster Aweke o Gigi. Seguiría una devoción por los bares etíopes de Tel Aviv y aportes a figuras como Ivri Lider, para finalmente decantarse por su propio material en torno a las distintas identidades judías en diáspora que de alguna manera han retornado en su país, ya no solo etíopes, sino desde otras culturas, abriendo el abanico lingüístico al árabe, amharic, el tigrinya —también hablado en Eritrea— o el hindi. Destaca el uso del hebreo yemenita o temaní, que incorpora pronunciaciones bíblicas o litúrgicas tradicionales. Por esta inspiración musical, religiosa y étnica, Idan dirige su proyecto aunando artistas como Bongani Xulu (Sudáfrica), Sergio Braams (Surinam) o la delicada voz de Kabra Kasai nacida en un campo de refugiados de Sudán.

¿Cuál es entonces la virtud de esta recopilación? Sencillamente, que más allá del personaje que ahora gira mundialmente incluyendo la primera vez que músicos de Israel tocaron en Etiopía, asociado al sello Putumayo y la organización Search For Common Ground (sobre alternativas pacíficas a los conflictos), su buena música y letras opinan desde el primer momento de audición en favor de una convivencia multicultural por sí solas. Y eso —aunque tengan todo derecho— en tiempos de estrellas desinformadas, cantantes oportunistas y figurines aterrizados en cuanta campaña exista sin una obra real, incluyendo muchos de un lánguido World Music, es valioso.

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