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Nada que lamentar

Juan Carlos González reseña la película dirigida por Olivier Dahan, La vida en rosa

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

Unos altísimos valores de producción caracterizan a La vida en rosa (La Môme, 2007) y por eso la sensación que se tiene inicialmente es estar ante una película de un director francés veterano, alguien digamos como Claude Berri, que por su trayectoria es digno de una obra de gran aliento como esta. Pero la sorpresa es que su director, Olivier Dahan, tiene solo cuarenta años y en su haber cuenta con pocos largometrajes previos –la irregular segunda parte de Los ríos color púrpura (2004) es uno de ellos– y una carrera como director de videos musicales para gente tan diversa como The Cranberries o Zucchero. Aquí realiza su mejor trabajo hasta la fecha.

Dahan tiene un sentido de los ritmos formales y narrativos que beneficia a esta película, como lo muestran los logrados travellings que la adornan, así como los permanentes saltos temporales que vemos, tanto hacia atrás como hacia adelante, que nos van revelando aspectos de la vida y la obra de su protagonista, a la manera de un gran rompecabezas que solo al final cobra completo sentido. Su intención de no querer contarnos un relato de forma convencional, sino a través de una cronología fracturada, puede interpretarse como una maniobra de distracción que busque ocultar las fallas y los vacíos de esta biografía. Pero este no es el caso: La vida en rosa es una historia contada con un gran respeto y con una enorme admiración por su personaje principal, la cantante Edith Piaf, quien representa por derecho propio el espíritu de la música popular francesa del siglo XX. No por ello el retrato es hagiográfico, complaciente u olvidadizo. El director y coguionista opta por mostrarnos los muchos matices de una vida difícil, problemática y –parece ser el rasgo de todo gran artista– autodestructiva. Con ello conforma un panorama amplio y plural donde no es posible sentirse engañado o manipulado. Esta es la historia de una mujer con un don extraordinario que muchas veces la superó, no la vida de una santa.

La fotografía, escenografía, ambientación, vestuario y música –aspectos todos muy logrados– permiten el lucimiento del aspecto individual más importante de La vida en rosa, que es sin duda la actuación impecable de Marion Cotillard, que personifica a la Piaf desde los veinte años hasta su prematura vejez. Esta parisina, a quien recordábamos junto a Russell Crowe en Un buen año (A Good Year, 2006), hace aquí una interpretación que supera los adjetivos más elogiosos. Para resumir: ella en este momento es Edith Piaf, recreando su voz, sus gestos y manierismos, su andar. El maquillaje que la actriz de 32 años recibió para lograr esta transformación, que abarca casi tres décadas de vida de la cantante, es intachable. Pero eso de nada serviría si no estuviera respaldado por la calidad de su actuación, refrendada por gran cantidad de premios y nominaciones. En su rostro redondo, que a veces parece intencionalmente el de un payaso, escuchamos la particular voz de Edith Piaf que viene del pasado para continuar emocionándonos.

Eso, ya lo adivinan, hace irresistible a esta película y la convierte en un placer casi culposo. Por momento nos hace olvidar que en el fondo –sin considerar elipsis, flashbacks, y movimientos elaborados de cámara– la película no dice nada nuevo, que es básicamente una biografía de un personaje atormentado, y que quizá por eso mismo es que valga la pena contarla con tanto detalle. “Non, je ne regrette rien”, canta ella. Sí, definitivamente no hay nada aquí de qué lamentarse.

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