Camilo Hoyos.

Nairochavismo

¿Cómo funciona la cabeza de un ciclista de alta montaña? ¿Qué juegos hace la mente, qué pasa cuando quien ataca se percata de que se apresuró ¿Cómo se traduce esa experiencia?

2016/09/29

Por Camilo Hoyos

Quienes durante los últimos meses nos dedicamos a seguirles la pista a los colombianos en el Tour de France y en la Vuelta a España, nos hemos preguntado seguramente lo mismo: ¿cómo funciona la cabeza de un ciclista de alta montaña? ¿Qué pasa por el cerebro del ciclista cuando decide atacar a 3 elevados kilómetros de la meta, allá arriba en la cima de la montaña, luego de haber recorrido 200 kilómetros? ¿Qué juegos hace la mente, qué pasa cuando quien ataca se percata de que se apresuró ¿Cómo se traduce esa experiencia?

La literatura nos ayuda a por lo menos imaginar qué pasaría por la cabeza de Contador cuando ordenó el escape en Formigal, o qué pasó por la cabeza de Froome en el épico descenso a más de 80 kilómetros por hora en Pau-Bagnères-de-Luchon en la octava etapa del Tour, acuclillado en su propia bicicleta. ¿Qué pasó por la cabeza de Atapuma al darse cuenta de que confundió la línea de los últimos 300 metros con la línea de meta en la etapa 20 de la Vuelta? ¿Qué vivía en la cabeza de Nairo Quintana al atacar en los míticos Lagos de Covadonga a falta de 3 kilómetros y surcar el pecho de la montaña en solitario como lo hizo Lucho Herrera en 1987? ¿De dónde sacó Chaves la templanza para escaparse del pelotón a 40 kilómetros de la meta para ganarse su sitio en el podio? Y vamos más lejos: ¿qué pasó por la cabeza de Lucho Herrera cuando alcanzó a Fabio Parra en Morzine-Lans-en-Vercors, en 1985, para luego dejarle ganar y hacer el 1-2 colombiano?

No es fácil encontrar literatura o narrativa que logre compartir la experiencia desde el lado del deportista, porque, por lo general, quienes lo escriben lo viven desde el estrado del periodista: es decir, comparten una experiencia exenta del sacrificio de un equipo y el dolor físico de quien llega a la meta. El ciclismo tiene un componente que le funciona muy bien a la narrativa. A pesar de mostrar las más complejas estrategias de equipo, al final del día se lucha contra la montaña y el paisaje: la épica de batirse contra la naturaleza. De allí que El ciclista, del holandés Tim Krabbé, resulte tan recomendable en estas semanas de nairochavismo. Krabbé es un ciclista que llegados sus 30 años decide competir en ciclismo aficionado, y su historia es sobre la vez que corrió el Tour del Mont Aigoual, en 1975. Para que nos vayamos entendiendo: la historia se narra por segmentos de kilómetros, lo que hace que la lectura se tense a medida en que el propio ciclista combate contra el pelotón y contra los distintos altos que debe atravesar. A medida que narra la carrera, trae otros episodios históricos del ciclismo, en los que siempre pone en evidencia el sufrimiento como firma de este deporte. Con Krabbé logramos imaginar lo que es escaparse de un pelotón y luego mirar hacia atrás para comprobar quién nos persigue; con Krabbé creemos tener un atisbo de lo que los ciclistas deben sentir cuando se funden a mitad del ascenso, o de lo que deben sentir en el momento en que faltan apenas 20 pedalazos para cruzar la línea de meta; con Krabbé podemos imaginarnos eso que dice acerca del pensamiento de los ciclistas: “Lo que pasa por la cabeza de un ciclista durante una carrera es una bola monolítica, tan lisa y tan uniforme que ni siquiera se ve cómo gira”. Con Krabbé, en últimas, nos acercamos más a Nairo, Chaves, Atapuma, Pantano y tantos otros.

No diré acá lo obvio respecto a todos los deportes, y es que los buenos casi siempre tienen un componente de heroísmo mítico. Pero cada una de estas carreras (con olímpicos en medio) tiene más de 3.000 kilómetros. Para recorrer pedaleando. En línea recta, Riohacha está a más o menos 1.700 kilómetros de Leticia. Calcule. E imagínelo con Krabbé.

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