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New York, New York

Nicolás Mendoza reseña Sangre de mi sangre dirigida por Christopher Zalla

2010/03/15

Por Nicolás Mendoza

La llegada a Nueva York es un tema recurrente en el cine. Todas las culturas han llevado esa experiencia a la pantalla tal vez como una manera de legitimar su presencia en Estados Unidos. Es una especie de rito de iniciación obligatorio para unirse al club América. Como en todo rito iniciático, hay que sufrir. Desde el pequeño Vito Corleone en cuarentena en la isla Ellis hasta Supermán, el inmigrante siempre tiene que agachar la cabeza primero. Es parte del ritual. Tal vez la mejor película que se ha hecho sobre ese tema es Vaquero de medianoche (John Schlesinger, 1969) en la cual el inmigrante es precisamente un norteamericano. Vaquero de medianoche tocó temas que aún se repiten: pequeños espacios decadentes, comercio sexual, amigos de los que es mejor no fiarse, y la inocencia empeñada a una ciudad usurera que te exprime pero no te deja morir.

Sangre de mi sangre vuelve sobre el tema, y sus protagonistas son dos jóvenes mexicanos. Al llegar a Nueva York con poco más que una maleta, cada uno debe arreglárselas para sobrevivir. Cuando vemos la escena obligatoria en que Pedro se detiene asombrado a contemplar los edificios de Manhattan desde la otra orilla, es inevitable pensar “Bueno, aquí vamos otra vez”. Recorren calles oscuras, son engañados, pasan hambre, se prostituyen y roban. También hay momentos de felicidad. Apoyada en una actuación sobresaliente (la de Armando Hernández como Juan, el impostor), Sangre de mi sangre intenta desviar la atención hacia un conflicto familiar (de ahí el título). La temática de los inmigrantes compite con este otro drama paralelo pero los dos ejes se quedan a medio camino. Nos quedamos con un novelón mexicano por un lado y con la historia estandarizada de inmigrantes por el otro.

La película propone una Nueva York oscura e inhóspita (como manda el género) que al menos es mucho más creíble que la retocada versión de Simón Brand en Paraíso Travel. Las dos películas tienen suficientes cosas en común como para preguntarse si quizás hay un subgénero del inmigrante latino, que tiene sus propias reglas. Parece como si por decreto tuvieran que existir una cocina de restaurante como punto de llegada y una escena de amigos en un burdel que consolida amistades recién nacidas. Las dos películas ponen al protagonista a buscar al otro, perdido al llegar, y cuando alguien los está persiguiendo suenan tambores para aumentar la emoción.

Salvo por la variación del intercambio de identidad entre los protagonistas, la película repite la misma historia que se ha contado desde hace cuarenta años. Contar lo mismo no es necesariamente malo, pero quien lo hace debe superar lo que ya se ha hecho o aportar algo nuevo para justificar el esfuerzo. Al final, queda la sensación de que la película no era necesaria porque cuando no está mostrando escenas que ya hemos visto, está contándonos una anécdota que parece desgarradora pero que también ha sido contada mil veces. Las botas de Jon Voight siguen siendo de lejos las que mejor nos han mostrado lo que implica llegar a Nueva York sin saber a dónde llegar.

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