Los primeros 44 poemas que publicó Jaime Jaramillo Escobar —Los poemas de la ofensa, 1968— ganaron por nocaut en el primer asalto. A partir de ese volumen el autor alcanzó la consagración, y desde entonces ha sido fiel a ella. No exponiéndose en conferencias ni prólogos sino con silencio, reflexión y búsqueda permanente de la perfección. Todo lo que ha encontrado en estos años lo comparte en su último libro, Método fácil y rápido para ser poeta, “en sólo dos tomos”.
No es un libro exclusivo para poetas o para quienes están buscando serlo. Es un libro para grandes y chicos. Porque mientras trata asuntos como “Las traducciones”, “Los prólogos”, “El arte de titular” y “Verso medido y verso libre”, va soltando gotas de mercurio sobre cuanta cosa: “La principal dificultad del psicoanalista consiste en que cada caso representa un combate distinto para el cual tiene que crear particulares y sofisticadas estrategias. El paciente, naturalmente, hace lo mismo a fin de defender su parapatía […], y al final están tan cansados que más que una cura se produce una capitulación”; “Ese es un vicio nacional. Todo el mundo quiere hacer lo que no sabe y después busca cómo trasladar a otro la culpa de sus errores”; “Los medios actuales de comunicación cambian los hábitos de lectura, pero no es por ellos que disminuyen los lectores, sino por la falta de buenos escritores”.
Cada frase de este libro está pulida y trabajada con esmero. Cada frase es una sentencia, un verso. La percepción es la de estar repasando leyes universales, compuestas no por ese señor de saco azul que intenta sonreír desde la foto de la contraportada, sino por un maestro de terno y peluca blanca rodeado de libros empastados en cuero, que moja cada tanto la pluma en su tintero. Miren si no: “Por la poesía se conoce a Dios directamente. Por la teología se le conoce teóricamente”; “Que todo sea vivo a su alrededor. Hay personas que andan muertas. Y no son fantasmas. Son personas casadas”.
Agobia que casi en cada página, en cada párrafo, haya una frase para copiar, una recomendación para adoptar, una sentencia para pensar. Agobia de felicidad, quiero decir, porque esa característica solo la alcanzan los escritores universales. Solo un poeta universal puede soltar una frase como esta: “He huido de la poesía toda la vida, y no la he podido alcanzar”. Sabiduría pura y plena, y además expresada con gracia.
Porque el humor socarrón y la picardía están en todas las páginas de este pequeño gran libro. El método se repite y sin embargo no se agota: va armando un párrafo contundente, macizo, y al final suelta una frasecita como sin querer que le da la vuelta a todo y nos deja con una sonrisa: “Colocar accidentalmente un paraguas junto a una máquina de coser no requiere facultades especiales. Todos los objetos del mundo están en el lugar equivocado. Esa computadora portentosa que tienes en tu casa quedaría mejor en mi estudio”; “No soy amigo de conferencias; nunca voy a una conferencia leída por mí”; “He visitado santos y sabios en sus lugares. Ellos viven inmersos en el espíritu de la poesía, ven a poca gente, y en su retiro son como dioses que dominan sobre sí mismos y una matica de lechuga”.
La edición está a la altura del contenido: son dos tomos bellos, editados con gusto y con cuidado. La variedad de asuntos es inabarcable, pero tres ideas atraviesan estos breves ensayos. Una es que la poesía no está en la palabra escrita, ni siquiera en los versos. Es más una forma de ver, de percibir, que de escribir y pensar. Otra es que abundan los poemas y los poetas, pero escasea la poesía. Aquí y en todas partes. Y la última, en sus propias palabras, es que “el personaje más importante de una obra es el lector”.
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