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No acepte imitaciones

Juan Carlos González reseña El sustituto del director californiano Clint Eastwood

2010/07/31

Por Juan Carlos González A.

Dignidad y decoro recorren la obra fílmica de Clint Eastwood. A sus 78 años el director californiano construye película a película una obra de un clasicismo sin falsas pretensiones ni dobles lecturas. Cine directo que le habla de frente al espectador, conmoviéndolo por sus historias nostálgicas, respetuosas del pasado y llenas de compasión por sus personajes; cine limpio que no requiere de manipulaciones efectistas para lograr su objetivo. Su economía de recursos narrativos se traduce en claridad, en cercanía, en transparencia de la mirada. Cuidadoso en lo formal, sus películas reflejan una tradición que a la vez es herencia y homenaje a los maestros norteamericanos como Ford, Hawks y Huston, que él honra.

Tras Cartas desde Iwo Jima (2006) nos presenta ahora El sustituto (Changeling, 2008), un drama de época cuidadosamente recreado que reafirma lo que hemos mencionado, al relatarnos la historia de Christine Collins (Angelina Jolie, en una interpretación contenida pero vigorosa cuando se requiere), madre soltera que trabaja como supervisora en una central telefónica en Los Ángeles y que un sábado de marzo de 1928 deja a Walter, su hijo de nueve años, solo en casa, para nunca volverlo a ver. Sin embargo, meses más tarde hay buenas noticias, pues la policía de la ciudad le entrega a su hijo, localizado en Illinois. Las malas noticias las tiene Christine: ese niño no es su hijo. Así él mismo lo afirme, así la Policía lo asegure. ¿Licencias de la ficción? En realidad la película se basa en hechos reales, recogidos apenas por el guionista J. Michael Straczynski.

Empieza entonces una larga lucha por la verdad, por lograr que Walter de veras aparezca, no importa que la Policía piense que está loca, que en realidad se está negando a reconocer a su hijo. Pareciera un asunto que se cae de su propio peso (¿cómo no va a saber una madre si está frente a su hijo?) pero la lógica absurda de los hechos se encarga de demostrarle que será una empresa más difícil de lo que parece: deberá enfrentarse a la Policía, que busca afanosamente un éxito para sacudirse de su mala fama y que no va a dejar que una madre desequilibrada arruine el triunfo que representó buscar y encontrar a su hijo.

Tozuda hasta las últimas consecuencias, Christine no permite que nada impida su doble propósito de desenmascarar el engaño y reactivar la búsqueda de un hijo que presiente vivo. Su reclusión en un hospital psiquiátrico añade dramatismo (y algo de caricatura) a una situación que por momentos se antoja sin esperanzas, pero que cuenta con la desinteresada ayuda de un pastor —personificado por un John Malkovich actuando en clave menor— interesado en denunciar la corrupción policial. Paralelamente la película describe una investigación criminal que revelará la existencia de un asesino en serie implicado en la desaparición y asesinato de veinte niños y que quizá aclare el destino final de Walter.

Ya en ese momento todo parece claro y el desenlace del filme se anticipa, pero Clint Eastwood —minucioso— quiere que presenciemos cómo lentamente se hace justicia. De esta forma asistimos a varios momentos que parecen el clímax de El sustituto, pero que en realidad no lo son, como si algo impidiera que la película llegara a su fin. Como si Christine nos pidiera —si eso acaso fuera posible— seguir junto a ella, ganando tiempo para encontrar a su hijo. En el fondo Eastwood sabe que su búsqueda en realidad era por la verdad y esa, lo sabemos bien, tarda en anunciarse.

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