No dejar ni la semilla

Mauricio Sáenz reseña La violencia en Colombia de Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna.

2010/10/13

Por Mauricio Sáenz

Tratar de explicar lo inexplicable. Esa fue la misión que se propusieron los autores de este libro tremendo cuando en 1961 emprendieron la tarea de contar la tragedia que recién había atravesado, como una lanza de fuego, la nación colombiana. Intentaban definir esa violencia amorfa, estéril, deshumanizada, cruel hasta extremos insospechados, que se había apoderado entre 1948 y 1957 de los campos del centro del país, cuyos ríos bajaban teñidos con la sangre fresca de las víctimas.

 

Los lugareños mataban a sus vecinos porque eran conservadores, o porque eran liberales. Los hijos sobrevivientes de las madres atrozmente torturadas por el solo hecho de existir en la vereda equivocada se convertían en vengadores de su estirpe, y la espiral de horrores adquiría tonos infernales. Grupos demenciales de bandoleros recorrían los campos en busca de quienes tuvieran la mala suerte de atravesarse en su camino. Sus víctimas podían terminar desolladas vivas, o con el fatídico corte de franela, cuyo nombre eufemístico sugiere el horror. Todo por los designios ignotos de dirigentes políticos que, desde la relativa normalidad de las ciudades, movían los hilos de un teatro de marionetas horripilantes.

 

Este libro no fue el primero, pero sí el más significativo intento de exorcizar los demonios que se apoderaron de buena parte del país en esa época. Surgió como consecuencia del trabajo de una Comisión oficial encargada de investigar las causas de ese fenómeno que se apoderó del país sobre todo después del 9 de abril de 1948. Uno de los miembros de ese grupo fue monseñor Germán Guzmán Campos, párroco de Líbano, Tolima, uno de los municipios más afectados por la tragedia. Guzmán había acumulado el mayor archivo de los hechos, y fue abordado al efecto por el decano de la recién fundada facultad de sociología de la Universidad Nacional, Orlando Fals Borda, quien le sugirió trasladarse a Bogotá para plasmar en un estudio científico toda la información recabada. El equipo quedó completo con el jurista Eduardo Umaña Luna, y el primer tomo del libro fue presentado en julio de 1962.

 

El segundo volumen, más analítico, fue publicado 18 meses después, lo que permitió a sus autores incluir en su introducción las reacciones que surgieron en todos los ámbitos sociales. Porque lo cierto es que el primero produjo un repudio tan virulento y generalizado que el debate llegó hasta el propio congreso. Los periódicos, las autoridades civiles y militares, la Iglesia, rechazaron con tono indignado esa denuncia que, respaldada en un cúmulo de hechos incontrovertibles, los obligaba a mirarse en el espejo de su propia monstruosidad.

 

Leer hoy La Violencia en Colombia es hacer un recorrido sobrecogedor, capaz de quitar el sueño, a través de la historia del horror en Colombia. Al hacerlo es posible vislumbrar hasta qué punto lo que seguimos viviendo es la herencia remota de la Guerra de los Mil Días, reeditada una y otra vez, por la subida de los liberales en 1930, por la respuesta conservadora de 1946, por la muerte de Gaitán en 1948 y por la indiferencia del establecimiento politico colombiano ante la rendición de la guerrilla liberal en 1958, directa responsable del surgimiento de las Farc.

 

Es, en suma, entender o al menos intuir cómo la tragedia que sigue azotando al país, en dimensiones diferentes, puede ser en el fondo una nueva escena de un drama que parece interminable. Porque muchos de los elementos de la violencia bandoleril se repiten una y otra vez, como por ejemplo esa avaricia por la tierra ajena. Esa misma cuyos resultados, llenos de sangre, el gobierno actual intenta reparar para conseguir algo que, a la vista de este libro indispensable, parece muy difícil: que el capítulo presente de la tragedia colombiana sea el último.

 

La violencia en Colombia

Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna

Santillana, dos tomos, 948 páginas

$45.000


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