RevistaArcadia.com

No mentirás

2010/06/29

Por No mentirás

J.M. Coetzee pertenece a una curiosa raza de escritores. A la dureza de su ficción, tan contraria a la mansedumbre de sus contemporáneos, hay que sumarle una rigurosa actividad como ensayista. Combinar con acierto estas dos formas de escritura no es cosa fácil ni común. Basta mirar a los que podrían ser sus pares latinoamericanos. Los ensayos de Gabriel García Márquez continúan inéditos y, por otro lado, Mario Vargas Llosa, que empezó por buen camino, terminó convertido en un opinador profesional con el riesgo latente de hablar sobre todo y decir muy poco, como sucede con su libro sobre Juan Carlos Onetti, una tesis de estudiante de maestría de literatura presentada bajo el ropaje del ensayo. En aquel libro es Onetti precisamente el que logra definir el carácter de su literatura y la gran diferencia con la de Vargas Llosa. Dice algo así como que la relación del peruano con la escritura es matrimonial mientras que la suya es adúltera o tiende al amantazgo, a la clandestinidad, a la pasión sin esperanza. ¿Cuál es la de Coetzee? No es precisamente una relación donjuanesca pero tampoco puede decirse que sea la de un solitario. Quizás tiende a la viudez. O mejor, es la de un despechado que escribe con dos manos, una destinada a la ficción y la otra a la crítica, como ocurre en Mecanismos internos, un título perfecto para el trabajo de relojero que realizó con la obra de varios escritores, entre algunos autores de Europa central.

A través de sus ensayos sobre Italo Svevo,

Robert Walser, Robert Musil y Joseph Roth, J.M. Coetzee traza un mapa del mal del siglo que germinó entre las dos guerras mundiales y que llevó por una vía u otra a que estos autores se extraviaran. El premio Nobel examina su obra sin condescendencia, con la seriedad de un juez que no descarta detalles para otros menores (Svevo y Walser querían ser actores antes que escritores. Svevo se sentía incómodo con el italiano literario y Walser con el alto alemán). En la rigurosidad de su estudio hay una velada y amorosa comprensión por aquellos escritores a los que la literatura devoró. No ocurre así con Sándor Márai y Walter Benjamin, a los que desnuda de manera implacable, al punto de permitirse el humor negro con el último. “Esta calle se llama calle Asja Lacis, nombre de aquella que como un ingeniero la abrió en el autor, dice la dedicatoria de Dirección única. Se supone que esa comparación es un cumplido. Stalin también admiraba a los ingenieros”.

A su contemporáneo, W.G. Sebald, quizás el único que le pisaba los talones, lo saluda con desgano y suficiencia y en ensayos más puntuales se compadece de los pobres intentos de los biógrafos de William Faulkner por comprender su alcoholismo (“tal vez darle sentido a una adicción, encontrar las palabras para explicarla, darle sentido en la economía del yo, siempre será una empresa descabellada”). También se esfuerza por entender, así se trate de un logro muy menor, de dónde y por qué nace Memoria de mis putas tristes y valora su intención de “hablar en nombre del deseo de hombres mayores por chicas menores de edad, es decir, hablar en nombre de la pedofilia, o al menos mostrar que la pedofilia no tiene que ser necesariamente un callejón sin salida para el amante o la amada”. Al hacerlo, Coetzee nos entrega claves sobre sus propias preocupaciones literarias. Hay que recordar que Desgracia, una de sus novelas cumbre, en parte es la historia de un profesor, desbordado por el deseo, que tiene una relación con una alumna.

Pero también hay francos y rendidos elogios a Saul Bellow, Philip Roth y en especial al que sin duda siente como su pariente más cercano, Samuel Beckett, del que afirma: “Parece definir el estado de ánimo de una era. Pero su alcance es más amplio; y sus logros, mucho más grandes. Beckett era un artista poseído por una visión de la vida sin consuelo ni dignidad ni promesa de gracia, ante la cual nuestro único deber

—inexplicable, imposible de lograr, pero un deber de todas maneras— es no mentirnos a nosotros mismos”. Algo que J.M.

Coetzee ha hecho a su manera.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.