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No olvidar nada

Conrado Zuluaga reseña la novela de Saša Stanišic, Cómo el soldado repara el gramófono

2010/07/31

Por Conrado Zuluaga

Saša Stanišic el joven autor de la novela Cómo el soldado repara el gramófono aparecida en el 2006 y que ya contabiliza más de un millón de ejemplares vendidos, nació en 1978 en la extinta Yugoslavia, en Visegrado, ciudad que ahora pertenece a Bosnia-Herzegovina. Las enciclopedias y atlas de hoy dicen que Yugoslavia fue un antiguo país de la península de los Balcanes, al sureste de Europa, que existió entre 1918 y 1991. Comprendía seis repúblicas: Bosnia-Herzegovina, Croacia, Macedonia, Montenegro, Serbia y Eslovenia.

Los conflictos económicos y sociales, los enfrentamientos étnicos y el surgimiento de movimientos separatistas en la década de los ochenta, desmembraron su país, la antigua República Federal Socialista de Yugoslavia, y obligaron a la familia de Saša a tomar el camino del exilio en 1992. El futuro escritor tenía 14 años cuando tuvo que afrontar la dura realidad de buscar una nueva identidad, aceptar la migración en un país que desconocía por completo, Alemania, y construir un nuevo lenguaje para enfrentar el mundo que lo rodeaba.

Cómo el soldado repara el gramófono es el relato en primera persona de Aleksandar un muchacho de 12 años que acaba de perder a su abuelo (“Yo dudaba de la magia, pero no dudaba de mi abuelo. El don más precioso es el de la invención; la mayor riqueza, la de la fantasía. Recuérdalo, Aleksandar, dijo el abuelo seriamente cuando me puso el sombrero, recuérdalo siempre e imagínate este mundo más bello. Y me entregó la varita. Yo ya no dudaba de nada”.) Armado entonces de una vara mágica y de una profunda imaginación, él enfrentará todos los avatares y sinsabores de la guerra, las descargas de artillería, la presencia de unos soldados que para unos habitantes eran libertadores, mientras para otros unos terribles verdugos. Y enfrentará también la huida hacia otro país dejando atrás una tierra arrasada, el recuerdo de su abuelo y a Asija, una chica hermosa con la cual compartió momentos críticos en esa lucha de las fracciones en que se despedazó su país.

Desde el exilio, en la ciudad alemana de Essen, Aleksandar intenta con su imaginación y el lenguaje, reconstruir su pasado, elaborar una patria mediante la palabra con el propósito de no perder su identidad, de conservar la memoria de su abuelo, de reencontrar a la bella Asija. Como toda historia contada por un niño, es una mezcla indiscriminada de drama y humor, de destino y azar, de juego y tragedia, con un tono que oscila entre el realismo y lo grotesco.

Diez años más tarde, en el 2002, Aleksandar vuelve a Visegrado, su ciudad de la infancia, para persistir en su empeño: no olvidar nada, recuperar todo. Un joven, con las marcas del exilio, en busca de una mujer, una ciudad, un país, una memoria, mientras recuerda a su abuelo quien le enseñó que con la imaginación se puede cambiar el mundo.

El placer de contar, e inventar a la par, domina todo el relato de esa infancia maltratada por las veleidades de los adultos y muestra con extrema eficiencia cómo la palabra permite la recuperación de la memoria, cómo la palabra entretiene y la literatura brinda la oportunidad de vivir mejor. Una novela, entonces, que bien vale la pena leer, a pesar de las expresiones matritenses que se le cuelan al traductor.

Hace poco Salman Rushdie afirmó: “En mi primera novela, Hijos de la medianoche, como buen ingenuo que era pretendía contar la historia de un muchacho al tiempo que contaba la historia de la India. Después descubrí que en el libro no cabía ni siquiera una cuadra de mi ciudad”. Por su parte Saša Stanišic declaró en una reciente entrevista: “La historia de mi libro es en muchas formas más grande que mi propio destino”. Estas dos afirmaciones recuerdan al novelista Joseph Conrad cuando al hablar de sus personajes sostenía: “Nosotros, inferiores a ellos, seguiremos honrándolos con nuestras palabras”.

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