"Historia del mundo en 12 mapas", Jerry Brotton, Debate, $69.000, 607 páginas.

No solo ríos, montañas y mares

Mauricio Sáenz reseña "Historia del mundo en 12 mapas" de Jerry Brotton.

2015/01/22

Por Mauricio Sáenz

Desde que la aparición de la escritura hizo que la prehistoria quedara atrás, los mapas comenzaron a formar parte de la experiencia humana. Pronto, más allá de los que describían circunstancias locales, surgieron los que intentaban describir el mundo. Pero ese esfuerzo aún no termina. Es más, el mapa más antiguo que se conoce, una sencilla tablilla babilónica de 2.500 años de antigüedad, tiene problemas comunes con Google Earth.

En ambos está clara la subjetividad en la cartografía. En la tablilla, Babilonia aparece en el centro, en un reflejo de la tendencia de quien elabora el mapa a colocar allí su cultura; los demás pueblos escasamente aparecen, y los márgenes son mares ignotos. En Google Earth, los usuarios suelen comenzar siempre en su lugar de domicilio, el centro de su mundo. Y las regiones mejor cubiertas coinciden, curiosamente, con las que tienen más tarjetas de crédito per cápita.

Esa es una de las muchas paradojas escondidas en Historia del mundo en 12 mapas, del inglés Jerry Brotton. Con esa docena de ejemplos, el autor asume el reto de desnudar las cercanas relaciones entre la cartografía y las circunstancias políticas, religiosas y sociales de todas las épocas. Y demuestra que, más allá de describir los contornos de la Tierra, los ríos, las montañas y los mares, los mapas han servido para delinear a las sociedades que los han producido, su religión, su cultura, sus prejuicios, sus creencias y su percepción de sí mismas.

Incluso la disposición espacial de los mapas ha tenido connotaciones simbólico-culturales. Por ejemplo, hasta el siglo xv los europeos pusieron en la parte superior al Oriente, asociado con la localización del paraíso terrenal. (Insólito: los cartógrafos bogotanos parecen seguir hoy esa tradición). Los musulmanes localizaban arriba al Sur, pues las urbes convertidas a su fe quedaban al norte de la Meca y Medina. Y los chinos ya reverenciaban, como los babilonios mil años antes, al Norte como la dirección dominante.

Pero además, como dice Brotton, “un mapa siempre distorsiona la realidad que trata de describir”. Lo muestra el pintoresco mapamundi de la catedral de Hereford, en Inglaterra, más teológico que geográfico. Otro, el mapa Kangnido, de 1402, dibuja a Corea tres veces más grande que su enemigo Japón. Y el realizado por Diego Ribero en 1525 hace caer a las islas Molucas bajo jurisdicción española en el mundo colonial que (con ayuda de sendos mapas) se habían repartido abusivamente Portugal y España.

Brotton incluye en la segunda mitad mapas que siguen influyendo. Como el de Martin Waldseemüller, el primero en nombrar a América en 1507 (en el territorio de Brasil). O el de Gerard Mercator, de 1569, cuya fórmula para enfrentar la dificultad insuperable de proyectar en un plano la superficie del planeta sigue marcando la pauta hasta hoy. También los de la familia Cassini, que en los siglos xvii y xviii contribuyeron al nacimiento de las conciencias nacionales desde su trabajo con el territorio francés. El del inglés Halford Mackinder, que en 1904 creó el concepto de la geopolítica y las zonas de influencia. Y la proyección del alemán Arno Peters, de 1973, hecha para denunciar a la de Mercator por eurocentrista e injusta con el Tercer Mundo. Una fórmula que, a pesar de no tener soporte técnico, fue acogida con entusiasmo por no pocos organismos internacionales.

Al final, la primera fotografía del planeta, tomada por un astronauta en 1972, pareció poner fin a tantos años de debates. Pero no hay tal. El predominio de Google Earth solo ha trasladado la discusión a otro terreno. Porque nada cambiará esa frase lapidaria que informa todo el texto: “El mapa no es el territorio”. Y nunca lo será.

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