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Tiempo pasado y tiempo futuro

'Noche herida', documental de Nicolás Rincón Gille, no es una obra sobre el pasado; la "extraña, mágica" película lucha es por el futuro.

2017/03/24

Por Pedro Adrián Zuluaga

En el extraño, mágico prólogo de Noche herida, una voz en off dice esta plegaria: “Ánima mía, ánima de paz y de guerra, ánima de mar y de tierra, que todo lo que tengo ausente o perdido se me entregue o se me aparezca”, mientras en la imagen vemos a los nietos de doña Blanca jugando entre unos árboles lo que parece ser el juego del escondite, y a la propia Blanca como testigo. Los personajes del documental escenifican así, en este principio atemporal de la narrativa, el nivel más profundo de su conciencia, alterada por la experiencia de desarraigo que los ha traído a las fronteras de Bogotá donde intentan olvidar un pasado que se obstina en perseguirlos.

Noche herida completa la trilogía Campo hablado del economista y realizador Nicolás Rincón Gille, de la que también hacen parte En lo escondido y Los abrazos del río. Ya desde el título que la reúne, esta admirable filmografía declara sus propósitos: a Rincón Gille le interesa ir al encuentro de los campesinos e investigar, a través de las palabras y relatos con los que se cuentan a sí mismos, cómo se ha transformado su visión de la vida. Parece un punto de partida simple, pero tiene desafíos éticos y artísticos enormes que el director sortea haciendo equilibrismo en la cuerda floja. El resultado es un cine documental en las antípodas de buena parte del cine colombiano actual. A diferencia de otras estéticas que desconfían de la oralidad (Oscuro animal, de Felipe Guerrero, por ejemplo) o en las que el director interviene de forma explícita en la emergencia de cierta verdad de los personajes (como en Señorita María: la falda de la montaña, de Rubén Mendoza), la de Rincón Gille es una estética de la observación.

El reducido equipo de trabajo de Noche herida capturó preciosos momentos de intimidad de una abuela, sus nietos y vecinos. Ninguna de estas revelaciones tiene el carácter grandilocuente o declaratorio de los testimonios sobre la guerra de víctimas y victimarios. Los personajes dejan traslucir lo que son –y también lo que fueron y lo que quieren ser– en una suma de viñetas cotidianas que la cámara registra como si no existiera. Cuando Blanca corrige una tarea de su nieto –un escrito autobiográfico donde se relata la vida dejada atrás– dice que no quiere ni recordar ni volver al lugar que abandonó. Con algo tan sencillo como un deber escolar, el documental muestra las tensiones de la memoria y los desacuerdos sobre qué hacer con el “tiempo pasado” y cómo incorporarlo al presente y al futuro.

Se podría pensar que las epifanías que el documental nos procura son una suerte de milagro, y que el estado de gracia entre realizador y sujetos filmados está a la mano con solo chasquear los dedos. Todo indica, por el contrario, que el mérito de Noche herida se explica por la abundancia de dos elementos muy escasos en las narrativas mediáticas sobre la violencia y sus víctimas: una sentida curiosidad y admiración por lo que los otros tienen para enseñarnos, y tiempo para permitir que una relación –más allá de un intercambio convencional de información– madure y tome forma. Aunque esto no se pueda establecer como regla, estos personajes y lo que entregan de sí mismos en el documental sí requerían de esta forma de producción.

En momentos en que los medios hacen eco del reclamo de documentales por parte del público, como si se tratara de un fenómeno nuevo y transitorio, es necesario ubicar a Noche herida en una tradición. Rincón Guille decidió estudiar y hacer cine tras un contacto con la vehemente realizadora Marta Rodríguez, quien lleva cinco décadas haciendo documentales de denuncia y contra-información. La extensa y terrible crónica del despojo que es la obra de Rodríguez tiene en Rincón Gille a un heredero que no se ha limitado a copiar la tradición. Al reconocer la genealogía de la que proviene, Campo hablado inaugura otra tradición. No es una obra sobre el pasado. Como la de la “madre coraje” que es el centro de Noche herida, la lucha de estos documentales es por el futuro.

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