Portada del libro Lazos de sangre de Ceridwen Dovey.

Novela sin dictador

Alberto de Brigard reseña Lazos de sangre de Ceridwen Dovey.

2010/04/21

Por Alberto de Brigard

El debut literario de Ceridwen Dovey, escritora surafricana nacida en 1980, es una novela en la que, paradójicamente, una estructura muy elegante termina resaltando algunos problemas del relato y de sus personajes, que quizás hubieran pasado desapercibidos en un libro algo más desaliñado, construido menos meticulosamente.

En una nación indefinida, en la cual los golpes de Estado parecen sucederse con la regularidad de los ciclos del clima, tres personajes resultan compartiendo unos días de prisión en la casa de recreo del último gobernante derrocado, a quien solo conocemos como ‘el Presidente’. Los detenidos son el barbero, el cocinero y el retratista del dictador; sus historias, todas narradas en primera persona, se alternan en la primera parte de la novela. Una selección tan artificiosa de profesiones, con su sesgo anticuado y cortesano, despierta en el lector expectativas de que la combinación de sus visiones produzca un retrato complejo y no trillado de la personalidad de su jefe. Primera desilusión: el Presidente es una figura acartonada, con los rasgos más genéricos de cualquier dictador: ambición, crueldad, megalomanía; hasta su lujuria resulta convencional. Por otra parte, nada se dice de las condiciones o circunstancias que lo llevaron al poder, ni de las que desencadenaron su caída; en este sentido, el libro es completamente indiferente al contexto político y social de lo que se narra.

Si el recurso de tres voces en paralelo no se usa para redondear el personaje que constituye su principal factor de convergencia, sería esperable que las respectivas historias tuvieran al menos puntos de contacto que reforzaran o contrastaran sus apreciaciones individuales de los acontecimientos. Esta expectativa tampoco se cumple: en las tragedias de los narradores casi no figuran los demás personajes, ni las informaciones parciales que cada uno suministra se complementan de manera que el lector tenga una visión más rica de la realidad que la que ellos registran. Por lo tanto, los constantes saltos de una historia a otra son apenas ocasiones de interrupción del flujo de la lectura, aunque hay que reconocer que el estilo ágil de la autora consigue que esos saltos no disminuyan el interés del conjunto y que siempre retome con facilidad el hilo de cada relato.

La segunda parte de la novela se distribuye, nuevamente, entre tres narradores que se alternan: se nos presentan como “la mujer de su retratista”, “la hija de su chef” y “la novia del hermano de su barbero”. Tampoco estas tres voces complementan el retrato del Presidente; más bien son ocasión de que se haga evidente un nuevo problema grave de la novela, que consiste en que las voces femeninas no se distinguen de las de los personajes masculinos. Estas amantes, hijas y esposas, apenas agregan información adicional a las historias, su intervención no aporta visiones alternativas de los hechos; ellas son víctimas o victimarias, al igual que los hombres de sus vidas, y parecen interpretar la historia exactamente como ellos. Algo no funciona en una novela que no consigue reflejar que hombres y mujeres no atribuyen idéntica importancia a los sucesos que definen su existencia y que tienden a expresar de manera diferente su visión de la realidad.

Tres personajes, tres historias... por supuesto el libro tiene tres partes. La última vuelve a los tres protagonistas iniciales, cada uno de los cuales cierra su narración. A los lectores nos aguardan una sorpresa bastante sacada de la manga y unas conclusiones que se quedan en los lugares comunes: la violencia genera violencia, toda venganza siembra las semillas de una nueva tragedia, el poder corrompe, etcétera.

Lamentar el exceso de ambición en los escritores es una salida fácil y peligrosa. Si Rushdie, García Márquez o Seth no hubieran jugado con candela, hubiéramos perdido obras que enriquecieron la literatura. En el caso de Dovey, sin embargo, será necesario esperar para saber si aplica sus dotes estilísticas a temas que logre abarcar.

Lazos de sangre tiene el interés de ser uno de los primeros lanzamientos de un sello editorial nuevo en nuestras librerías: Mosaico. Es valioso contar con una nueva fuente de traducciones de nuevos autores o de obras menos difundidas de otros consagrados, como la inquietante Patricia Highsmith.

 

Lazos de sangre

Ceridwen Dovey

Mosaico, 2009. 186 páginas. $40.000

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