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La rancia oligarquía bogotana

"El aprecio de la gente es lo único que me importa, ala, porque yo ya estoy muy viejo para calarme la levita y que las madrecitas prendan velas y les digan a los niños: “¡miren, ahí va el sabio doctor Linares!”. Nanay cucas. Grave, en cambio, gravísimo que no me inviten a sus fiestas”..."

2016/08/23

Por Camilo Hoyos

Desde que entraron en escena las discusiones acerca de la longitud de las novelas, determinadas directamente por la capacidad de concentración del lector moderno amenazado por los cambios de ventanas navegando la web, o la sencillez y síntesis de un tuit (con todas las implicaciones que esto tiene), la aparición de una novela de casi 1.000 páginas es en sí una noticia. Aún más cuando el autor es también un asiduo tuitero. ¿Quién escribe hoy novelas de 1.000 páginas? Y, por supuesto, ¿quién tiene no solamente el tiempo sino la concentración para leerlas?

Los hijos de la fiesta, la quinta novela de Andrés Hoyos, es una monumental historia de casi 900 páginas en las cuales la relación de amantes entre Isabel Linares y Alejandro Salinas sirve de pretexto para mostrar un mundo capitalino de buenos apellidos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Tratándose de esta franja temporal, la novela hace que Bogotá se parezca a (o trace las líneas de) Colombia: el Bogotazo, el Frente Nacional, el auge de la izquierda que tienta a los hijos ricos del país, Pablo Escobar y los extraditables, Galán, López Michelsen, Pastrana y Gaviria, etc. Pero también exhibe esos escenarios de la rancia oligarquía bogotana en sus nichos de poder social y político. Más que familias, son clanes los que a partir de la memoria construyen una Bogotá burguesa (burguesía tan poco burguesa, como dice algún personaje a lo largo de sus páginas) en los que se mueven entre haciendas de la Sabana que pierden su esplendor a medida en que también lo hace la moral de sus propietarios, o prestigiosos clubes sociales de la capital, apartamentos de lujosos barrios de Bogotá, partidos de baloncesto entre el Colegio Nueva Granada y el San Carlos. De telón de fondo, el combate entre la música popular y la música culta, representada en teatros y escenarios de conciertos. Esa cultura tan poco cultivada de cierta clase alta bogotana.

Lo más bogotano de la novela es el español con el cual está narrada y a partir del cual sus personajes trazan el paisaje de la ciudad. La novela demuestra cómo el español de nuestra capital no es solamente un escenario lingüístico o filológico, sino que también siempre ha tenido un valor político en la vida nacional. Comenzando con que nada resulta más bogotano que la mentirosa creencia de que en Bogotá se habla el mejor español no solamente de Colombia, sino del mundo. No es que sus personajes nos hablen como Cuervo, Caro y Pombo, próceres del español culto de Bogotá (aunque la primera escena de la novela, que es la fiesta que ofrece Juan Linares, parezca la cena de doña Ratona). Es porque la impronta bogotana en la manera de hablar, sus giros, sus convenciones sociales, su excentricidad, su humor excluyente, su influencia del inglés y sus consideraciones de pretender seguir viviendo en una jaula de cristal a pesar de que el país se desbarata lentamente nos indican que son personajes de carne y hueso, que podríamos ver en cualquier sección social de cualquier revista. Hoyos logra retratarlos tan bien que despiertan una histórica antipatía.

Juan Linares es el bogotano que luego de haber robado a través de un fraudulento negocio con una draga y haber pasado sus años en La Picota se reintegra a la societé. Hoyos ha dicho que la novela es una vieja deuda pendiente con Bogotá: su retrato social y lingüístico termina siendo tan eficiente que incluso veremos renacer viejos rencores contra esta cultura que, para muchos, es la gran fuente de nuestros problemas actuales. No en vano Linares, refiriéndose a todo lo que implica una fiesta bogotana, lo pone de manera clara: El aprecio de la gente es lo único que me importa, ala, porque yo ya estoy muy viejo para calarme la levita y que las madrecitas prendan velas y les digan a los niños: “¡miren, ahí va el sabio doctor Linares!”. Nanay cucas. Grave, en cambio, gravísimo que no me inviten a sus fiestas”. En las fiestas y sus lenguas, parece decir la novela, nuestra capital colombiana ha creado su cerco de antipatía.

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