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Otra historia de amor

Álvaro Roblado reseña la última novela del escritor japonés Kyoichi Katayama, Un grito de amor desde el centro del mundo

2010/03/15

Por Álvaro Roblado

Decía Robert Walser, al final de sus días desde el frenopático suizo de Herisau, que lo único que deberíamos hacer es escuchar, y en su caso escribir historias de amor. Pero ¿hasta qué punto es eso cierto? En particular en un tiempo errático y falso como el nuestro, el amor (y sus historias) no pasan de ser elementos que bien cabrían en un reality show más.

Tal es el caso de la novela Un grito de amor desde el centro del mundo (Alfaguara, 2008) del exitoso novelista japonés Kyoichi Katayama, ganador del Bungakkai Newcomers Award. Este relato, traducido a varios idiomas, con ventas que solo en Japón han superado los tres millones y medio de ejemplares, llevado al cine, a la televisión y al manga, representa, para mí, uno de los síntomas de la podredumbre y decadencia literarias de nuestro tiempo.

Digno discípulo de su maestro Haruki Murakami (ya nauseabundo luego de leer más de tres de sus novelas, todas la misma historia de amor, si lo vemos en perspectiva), cuenta la historia de dos adolescentes que deciden vivir (parafraseando mal a Quevedo) un amor más allá de la muerte: Sakutaro, un muchacho al que le gusta el kendo y el rock (además del pensamiento filosófico, con una hondura bien impropia de sus 16 años), se enamora de la flor más bella (imposible que fuera medianamente fea) de la escuela, una muchacha de nombre Aki, también dada a la argumentación filosófica. Discurren por páginas y páginas, durante cinco capítulos con sus subdivisiones, alrededor de la muerte y la vida, sobre el mundo, el calentamiento global, la vejez, el matrimonio, el Paraíso (sí, con mayúscula), la felicidad del tiempo compartido, la angustia. Todo, hasta que a Aki le es diagnosticada una anemia aplástica (que en realidad termina siendo una leucemia), enfermedad que sirve de pivote para el tema central del reality: ¿existirá verdaderamente el amor más allá de la muerte?

Para darle “sustento” a la historia, Sakutaro visita a su abuelo, quien sufrió una suerte parecida a la suya: enamorarse de una mujer con la que nunca pudo estar y a la que recuerda después de cincuenta años. El tema, aceptémoslo, no es malo, es el mismo tema de El amor en los tiempos del cólera, pero el tratamiento del mismo es como para ponerse a llorar. La abundancia de clichés como “la despedida ha sido dura pero volveremos a encontrarnos”, o “cuando se ama a una persona, su ausencia se convierte en un problema”, nos alejan de la simpleza necesaria en toda narración buena para adentrarnos en el llano universo de la obviedad.

La única frase que logré rescatar de esta novela de hijos únicos (de nuevo, sí, los protagonistas son hijos únicos, para meterle más drama al asunto), cuyo máximo logro reside en la fluidez de la narración (por fortuna se lee bastante rápido), fue la siguiente: “Pensar, en sí mismo, no es más que un juego de palabras”. Al igual que escribir. Y uno escoge el juego. En el caso de Kyoichi Katayama, un juego adolescente y soso, digno de nuestro tiempo. Quizás esto era lo que nos quería augurar Robert Walser desde su lúcida reclusión: que el mundo que venía a continuación (corría la primera mitad del siglo XX cuando se acercaba a la muerte en medio del campo que solía recorrer) iba a ser un mundo aún más chato y lamentable que el que le había tocado en suerte vivir a él. Por eso se autorrecluyó, por eso dijo que solo debíamos escribir (y escuchar) historias de amor. Un ejemplo más de su humor corrosivo, de su desprecio por la moral hipócrita que veía crecer y crecer como hongos tras la lluvia: nuestro presente.

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