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País bandolero

Juan Nicolás Donoso reseña La hora de los traidores, de Pedro Claver Téllez

2010/03/15

Por Juan Nicolás Donoso

Entre la crónica periodística y la novela, La hora de los traidores, de Pedro Claver Téllez, se sirve de los últimos días de Jacinto Cruz Usma, alias Sangrenegra, para intentar desarrollar un contexto sobre la violencia de los sesenta y eso que el Derecho a veces llama “justicia”, al referirse más bien a venganza.

La historia se desarrolla en 1964, en El Cairo, un pueblo al norte del Valle del Cauca. Fue allí donde Sangrenegra cometió su primer crimen y donde ahora, cansado tras trece años de violencia, vuelve para hacerse matar tratando de vengar la traición de su hermano. Es la época del bandolerismo: ejércitos que pasan por los pueblos, robando, violando y mutilando, muchas veces financiados por gamonales, ganaderos y políticos que, movidos por afinidades e intereses políticos, han decidido apadrinarlos.

Tratando de no olvidar sus propias subjetividades, Claver Téllez procura que los personajes funcionen también como encarnaciones de problemas más generales. Así, y motivados por la necesidad de venganza, se dan cita el dragoneante de la policía y alcalde de El Cairo, William Molano Ramos, quien casado con la hija de la primera víctima de Sangrenegra, está decidido a vengar su honor; Rubén Pita, un ganadero que no sólo quedó huérfano a manos de Sangrenegra: el bandolero también lo dejó capado y cojo; sus dos guardaespaldas, Lunarejo y el Mexicano, víctimas también del mismo hombre, y, por último, el títere que Molano Ramos maneja a su antojo moviendo los hilos de la miseria ajena: Felipe Cruz, un semianalfabeta alcohólico que vendería su alma por un aguardiente y que, de hecho, ya vendió la de Sangrenegra, su hermano, por los doscientos cincuenta mil pesos que ofrece el gobierno como recompensa a quien informe sobre su paradero.

Embutidos en un campero, borrachos, con provisiones para tres días, incluidas varias botellas de aguardiente y los corridos que salen del transistor que el Mexicano lleva consigo a todas partes, este grupo conformado más por civiles que por representantes de la ley, se encamina hacia donde saben que se esconde Sangrenegra. Si no fuera porque también van envenenados de odio y armados hasta los dientes, la imagen haría pensar que van para un paseo de olla.

Haciendo uso de las voces de estos personajes y de una prosa sobria, aunque por momentos un poco acartonada, Claver Téllez retrata un país que a veces parece más una caricatura de terror, en la que conviven lo poético y lo aterrador de los apodos de bandoleros como Desquite, Aguilanegra, Almanegra y el del propio Sangrenegra. En la que el desmembramiento y el corte de franela son los más usuales métodos de asesinato y tortura. Donde el departamento de inteligencia de la fuerza pública tiende a basarse en los chismes del pueblo y en las chivas periodísticas que los diarios publican muchas veces sin confirmar. Una caricatura en la que se adelanta una reforma agraria que, en palabras de Felipe Cruz, “es para los ricos”. Una historia en la que personajes corrompidos por las recompensas del gobierno se sueñan pasando de la miseria a la riqueza de la noche a la mañana. Un terror montado a punta de civiles armados, borrachos y resentidos a quienes la fuerza pública acoge complacida, “como si fueran parte de la institución”.

Quizá La hora de los traidores no será el texto que replantee la narrativa colombiana. Sin embargo, consigue con eficacia tender similitudes escalofriantes entre ese período llamado “de la Violencia” y el actual, que por momentos parecen el mismo.

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