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Palabras contadas

Santiago Espinosa reseña Las contadas palabras y otros poemas de Óscar Hernández

2010/03/15

Por Santiago Espinosa

Al revisar los poemas de Las contadas palabras, no es difícil que estemos de acuerdo con lo que dice Óscar Collazos en el prólogo del libro: más que recobrar un título abandonado por la crítica, más que un ejercicio de la memoria por la memoria, lo que ha hecho la colección de la Universidad Nacional es un acto de justicia. Justicia con una obra que a pesar de su extensión –casi 200 páginas–, se presenta como un libro depurado y necesario. Justicia con Óscar Hernández, un poeta que todavía está vivo, y que a pesar del desdén de sus contemporáneos se ha mantenido entero, en pleno oficio por más de cincuenta años.

La totalidad de este volumen, que fue completado por Hernández en 1986, por su espontaneidad y belleza goza de absoluta vigencia, al punto que se podría pensar, en un sano despiste, que estos poemas fueron escritos la semana pasada. Pero esa vigencia, que es la máxima virtud de estos poemas, hace que nos olvidemos de lo más importante: toda la primera parte del libro, titulada como Las contadas palabras, fue publicada en 1958. El año suena tan remoto para unos poemas tan cercanos, que hay que revisar la fecha varias veces. Antes de Rogelio Echevarría y Mario Rivero, el “boom de la poesía urbana”, Hernández ya les había cantado a las calles con todo el desparpajo del ciudadano. En el mismo año de Los amantes de Jorge Gaitán Durán, cuando se anunciaba desde la revista Mito la aparición de un erotismo telúrico en la poesía colombiana, Hernández, en silencio, ya había escrito poemas como Canto a una sola mujer.

De ahí que el rescate de esta poesía no solo sea un regalo tardío. Su reaparición, en circunstancias muy distintas y con poéticas prácticamente opuestas, se parece mucho al descubrimiento póstumo de la obra de Carlos Obregón: nos obliga a reescribir la historia, a abrir caminos inexplorados en una tradición de hacer poesía que entre el descuido y el tiempo, parece que nos guarda lo mejor para después.

Poesía directa y conmovedora, que sorprende. Llama la atención que en poemas largos y cercanos al diálogo, no sobre una sola palabra. Poesía valiente, que asume riesgos como hablar del despecho sin caer en lo cursi, o que en Simón Metálico, dedicado a Simón Bolívar, no solo aparece uno de los pocos poemas al Libertador que se salvan de la hoguera, el poema, sin mayor discusión, es una obra maestra.

No es la poesía de Óscar Hernández la del poeta que inventa un mundo con sus símbolos y obsesiones. Aquí el lenguaje cotidiano, gastado en la conversación de todos los días, se nos presenta tras una cuidadosa alquimia como la más poderosa de todas las armas. En una tradición tan escasa de buenos poetas de tono mayor, con la capacidad de hablar duro sin caer en altisonancias, Óscar Hernández nos muestra un verso violento, que como una catarata de imágenes se abre paso entre la memoria y la imaginación, y deja en la cabeza un ritmo vertiginoso, que queda resonando varias horas después como una suerte de conjuro. Y sin embargo, en medio de lo frenético, siempre aparecen esas insinuaciones de ternura, de aquella suavidad del hombre que no ha perdido el asombro de la infancia.

Después de la lectura, que salvo por algunos poemas, en realidad muy pocos, nos deja la impresión de estar leyendo la antología de un poeta puro, importante, y no un libro convencional que el tiempo dejó de lado. Después de todo aquello surge la pregunta, ¿cómo desaparece de la escena un poeta como Óscar Hernández? La respuesta, por desgracia, parece estar en razones ajenas al ejercicio poético. Por lo pronto, antes de indagar en los motivos de la historia, hay que celebrar una obra que vale la pena revalorar, que merece ser leída y que, gracias a esta publicación de la Universidad Nacional, cuidadosa como toda esta colección, pudo sobrevivir a las triquiñuelas del olvido.

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