RevistaArcadia.com

A palabras necias...

Julio Caycedo reseña la primera novela de la periodista Marta Orrantia, Orejas de Pescado

2010/03/15

Por Julio Caycedo

Orejas de pescado, la primera novela publicada por la periodista Marta Orrantia (1970), aborda el tema de la muerte soltándola de sopetón en medio de un grupo de amigos treintañeros que querían olvidar su historia común. En la primera página el personaje principal, David, se pega dos tiros metido en la bañera de su apartamento. Entre disparo y disparo, el primero en el estómago y el segundo en la cabeza, llama a Isabel para decirle que se mató; ella, que en ese amanecer está sentada en alguna esquina bebiendo bourbon, sale corriendo en su auxilio pero, como es obvio, llega demasiado tarde.

Dos páginas después el lector sabrá que David, cumpliendo cabalmente los modales del buen suicida literario, ha dejado dos cartas expresando sus últimos deseos. En la primera, dirigida a Isabel, le pide que reúna a los que fueron sus amigos para leer con ellos la segunda, documento cuyo contenido tétrico (y patético) se conocerá solo al final. Entre carta y carta, Orrantia dejará que siete personajes se presenten y cuenten su parte de la historia. Al final todos asistirán conmovidos, conmocionados, arrepentidos y a regañadientes, a la “noche macabra” que David planeó para ellos: “quiso que fuéramos con él hasta su tumba, que viviéramos literalmente y para siempre con un muerto que no era el nuestro”.

La gran virtud de Orejas de pescado, desde mi perspectiva, es que el estilo de la autora ­—de rítmicas frases y capítulos cortos— hace pasar páginas con rapidez. Pero hasta ahí. Eso, infortunadamente, no la convierte en una buena novela o en una lectura para recomendar. Las 206 páginas con que Planeta lanzó a Orrantia al mercado editorial están atestadas de lugares comunes e imágenes obvias, cuyos protagonistas —que parecen calcados de la película The Doors— están lejos de persuadir al lector. O al menos a un lector responsable, es decir, uno que “responda” al texto. A pesar de que las reflexiones de los protagonistas sobre la vida, la rumba sin límites, las drogas, el alcohol y el sexo se enuncian desde la edad adulta, la historia, francamente, resulta bastante juvenil.

Un libro concebido sobre un personaje principal muerto, invita a leer sin pena ni gloria asuntos sobre personajes secundarios que por fuerza reflexionan sobre sus existencias. Pero tal y como sucede con David, el eterno e irreverente adolescente que prometía deslumbramientos mientras derrochaba su salud en la lucidez de la bohemia, el libro acaba suicidándose. Cuando el lector finalmente va a conocer el contenido de la segunda carta, único incentivo para seguir leyendo, debe asistir a una reunión en la que los invitados están sentados en círculo, sobre cojines, alrededor de las cenizas del suicida.

En la escena los personajes se miran unos a los otros con rencor, beben Jack Daniels, lloran y se lamentan de haber abandonado “al loco de David”, como se llama él mismo (¡!) en la carta que termina así: “Quiero que tomen mis cenizas, que las mezclen con la marihuana y que las fumen pensando en mí. Recordándome. Para que así recuerden quiénes fueron ustedes y qué los unió alguna vez”. Para rematar, en las últimas dos líneas Pablo, el personaje que uno menos espera que pueda actuar así, arranca —ojo a esto— una página de un libro de Dostoievski y, como para escandalizar señoras, arma con ella el primer porro de la noche.

En fin, con la mezcla ingenua de bohemia iconoclasta, en esta ocasión Orrantia logra poner al tipo que hace la reseña en la difícil tarea de tratar de explicar por qué algo no le gusta —tan subjetiva y al tiempo tan real—, así que hay que dejar el espacio abierto a los que no han leído el libro. Quizá el mundo de los lectores contemporáneos tenga un millón de rockeros de bufanda que acaben disfrutando la obra, sus eternas cursivas y la portada, que si no es por la buena ilustración, parece la de un libro pirata.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.