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París, París

Mauricio Sáenz reseña uno de los libros del escritor romántico Alphonse Daudet, Memorias

2010/03/15

Por Mauricio Sáenz

Con las pinceladas mínimas de un impresionista literario, este libro del escritor romántico Alphonse Daudet nos transporta a la vida cotidiana de un siglo que se antoja remoto, pero que esconde los primeros chispazos de esa visión entre presuntuosa y cínica con que miramos hoy un mundo que consideramos conquistado. Los hombres de la segunda mitad del XIX ya eran “modernos”. Tenían a la máquina de vapor para convencerse de que la naturaleza pronto caería a sus pies, y la revolución industrial ya había transformado las ciudades europeas, dando lugar al nacimiento del proletariado. El planeta estaba cerca de ser explorado por completo, y los avances de la ciencia se presentaban tan aceleradamente, que a fines del siglo hubo quien propusiera cerrar la oficina de patentes de Londres porque, francamente, ya no había más qué inventar.

Corría 1857 cuando, en el primer aparte de este volumen autobiográfico, Daudet llegó a París en un vagón de tren de tercera clase. Describe su arribo a la gran ciudad en trazos simples, con sensaciones que encontramos casi actuales. Como el primero, los capítulos son viñetas de la vida del autor en París, en textos inconexos que son en realidad artículos publicados a lo largo de 30 años en varios periódicos. Allí están la vida cultural, la política, el periodismo y la bohemia, descritos con un tono festivo que tiene algo de la complacencia de quien mira su pasado desde la cumbre del éxito. En efecto, ese muchachito de ojos maravillados se convirtió en una de las estrellas literarias de su tiempo, si bien algo menospreciado por una intelectualidad que le acusaba de imitar a Charles Dickens.

En sus páginas nos transportamos a una ciudad que oscila entre la miseria y la opulencia, en medio de los personajes más disímiles que Daudet frecuenta, ya sea en los salones de las damas de sociedad, que se pelean por tener en sus canapés a figuras como Flaubert, Turgueniev o Zola, o en los antros de la bohemia, como la Brasserie des Martyrs, donde medraba Baudelaire, el poeta maldito, “paciente y delicado artista, muy preocupado de la frase y el vocablo, quien, por una cruel ironía de la suerte, ha muerto afásico, conservando toda su inteligencia, como lo expresaban dolorosamente las quejas de sus negros ojos”.

Daudet mismo tendría un final triste. Nacido en Nîmes, Francia, el 13 de mayo de 1840, luego de una infancia marcada por la quiebra de su padre, un burgués acomodado, y por un fugaz paso como maestro de escuela, poco después de llegar a París publicó su primer libro de poemas. Sólo en 1872 la fama llegaría con Tartarín de Tarascón, seguida por Fromon el joven y Risler el viejo. Con ellos consumó su habilidad para describir situaciones reales de personajes con los que los lectores se identificaban fácilmente, algo que fascinó al público francés, pero que generaba algún desdén en círculos sofisticados. El propio Daudet refleja en estas Memorias la cierta vergüenza que le daba su éxito en ventas, cuando su amigo Zola se le quejaba de la indiferencia del público.

Atacado por una sífilis que contrajo en su juventud en la corte de Napoleón III,?los últimos años de Daudet fueron difíciles, confinado a una silla de ruedas y en medio de fuertes dolores. Reposa, en medio de sus ilustres amigos, en el cementerio Père Lachaise.

Páginas de Espuma incluye dos adiciones muy pertinentes. Un artículo de Leopoldo Alas Clarín escrito en 1889, presumiblemente cuando salió la edición en español de Treinta años de París, (título original del libro), y un completo glosario de los personajes que aparecen, una información desdeñada a veces por Daudet, pero valiosa para sus lectores del siglo XXI.

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