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París de plástico

Franco Lolli reseña París, la más reciente película del director francés Cédric Klapisch

2010/03/15

Por Franco Lolli

Desde las primeras y convencionales imágenes que introducen la trama de París, la más reciente película del francés Cédric Klapisch, salta a la vista la falta de rigor, de profundidad y de reflexión que caracteriza casi toda la obra del director francés. Y durante las dos horas que dura el filme, se apodera del espectador aquella pena que solo nace del ridículo ajeno. Porque a pesar de su éxito comercial considerable (casi dos millones de espectadores en Francia) y de beneficiar del aura de algunas célebres figuras del cine francés (como son merecidamente Juliette Binoche o Fabrice Luchini, y de manera mucho más cuestionable Karin Viard, Romain Duris y Mélanie Laurent), desde un punto de vista artístico, París constituye un fracaso absoluto

No solo por la poca originalidad de las historias que componen su guión (un joven bailarín de cabaré sufre una enfermedad del corazón, un profesor de universidad se obsesiona con una de sus estudiantes, una madre soltera termina por encontrar el amor en la persona que menos espera...) sino también por la forma en que Klapisch decide contarlas. Pues es difícil aceptar cualquier propuesta narrativa, por más compleja o revolucionaria que esta parezca, cuando el artificio que une sus contenidos no es otro que un discurso sentimentalista, ingenuo y falsamente comprometido. Si además al espectador se le pierde entre un sinnúmero de personajes secundarios sin interés y se le manipula vulgarmente para que pase de la risa al llanto, se hace casi imposible no desolidarizarse de la cinta.

El tono de París rara vez es el adecuado y, por consiguiente, lo que sucede ante nuestros ojos pierde gran parte de su sentido. En el mismo plano terminan encontrándose una muerte intempestiva, una crisis existencial que suena falsa y una banal historia de amor. Lo que no sería tan grave si la mirada que el director posa sobre sus personajes fuera menos distante y pretenciosa. Pero son tan falsas las situaciones que inventa, y es tan obstinada su puesta en escena, que les hace casi imposible a los actores salir bien librados, o al menos con dignidad. Para resistírsele, se necesita la sobriedad e inteligencia de Binoche, quien por momentos logra hacernos olvidar la mediocridad general de las actuaciones. Desgraciadamente, hasta ella termina por sucumbir ante el flujo natural de una película de fotografía plana, redundantemente musicalizada y, en casi todos los demás aspectos, carente de inspiración.

Al final, de este proyecto megalómano no queda sino una obra fragmentada, anecdótica y demasiado larga, cuyo mayor interés consiste en haber documentado algunas locaciones parisinas interesantes y poco filmadas, como el enorme mercado de Rungis y el moderno barrio de la Biblioteca Nacional. Sin embargo, aparte de ese par de bellas intuiciones, la ciudad no existe aquí sino para ilustrar las preconcebidas ideas que parece tener el director sobre las relaciones humanas. Que Klapisch no haya querido, por ejemplo, cortar del montaje final la historia de un pobre inmigrante camerunés que viaja clandestinamente hasta la capital francesa, tan innecesaria para la narración como fuera de tono, no hace sino recordarnos la desproporcionada ambición de un filme que nunca logra alejarse de su torpe concepción.

Paradójicamente, esta pobre visión de París incita a defender el cine francés contemporáneo; aquel que, a diferencia de este, es denso y exigente en su descripción del hombre, riguroso al extremo en sus métodos y formalmente innovador.

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