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La imaginación y el paseo urbano

Más que un libro sobre la capital francesa, la obra de Pablo Montoya retrata el espacio íntimo y poético del autor.

2016/10/26

Por Camilo Hoyos

En la obra de Pablo Montoya, la imaginación tiene un papel indiscutiblemente protagónico. Parece ser la imaginación tal como la comprendió Baudelaire: la reina de las facultades humanas que desde el comienzo de los tiempos creó la analogía y la metáfora para descomponer la imagen del mundo. Para Baudelaire, el poeta es aquel quien con el fuego destructor de su mirada aniquila el mundo para crearlo de nuevo con un sentido nuevo y fresco, que nos manifiesta sus mensajes ocultos y sus oscuridades latentes. Tríptico de la infamia, por ejemplo, es una reflexión en torno a la imaginación pictórica, en que Montoya se pregunta por la la experiencia in situ cuando el arte denuncia la crueldad humana. En Terceto estamos frente a la ensoñación imaginativa del lector en aras de perfiles y piezas artísticas. Ya dije en otro momento que Terceto es un libro más sobre Montoya que sobre los perfiles y piezas artísticas que retrata: ocurre lo mismo con su nuevo Cuaderno de París. Más que un libro sobre la capital francesa, retrata ese espacio íntimo y poético de Montoya. Porque toda expresión poética o narrativa derivada del paseo urbano nunca habla tanto sobre la ciudad como sobre quien la está recorriendo. Montoya recupera el espacio interior poético de París luego de la violencia de Charlie Hebdo y del Bataclan. No son las calles físicas de París las que recorremos: es la especulación poética de Montoya lo que visitamos. En la tradición moderna, no hay mejor acción poética de ensoñación y de autoconocimiento como lo es el paseo urbano; es decir, la promenade. Ponerse en movimiento físico sin un porqué o sin un itinerario claro le permite al caminante liberarse de las cómodas y racionales tenazas de su pensamiento para darles cabida a nuevas formas de experiencia. Por esto, el gran poeta de la ciudad es el azar, porque nunca sabemos con qué nos encontraremos: es decir, contra qué parte de nosotros mismos nos debemos enfrentar.

Escrito entre 2000 y 2002, luego de haber vivido siete años en París y de que la colección Cara y Cruz le pidiera que tradujera los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire, Cuaderno de París es precisamente una especie de homenaje baudelairiano a la ciudad, que necesariamente pasa por la sensibilidad y espíritu latinoamericano que nunca está ausente en la obra de Montoya. Estos “pequeños poemas en prosa”, que como dijo Baudelaire solo pueden ser producidos por la experiencia de y en las grandes ciudades, establecen una topografía sentimental del caminante de la ciudad en el que se convierte Montoya. Cada pequeño poema consiste en la experiencia de un espacio urbano: calles, líneas de metro, monumentos, plazas. Siempre con lenguaje experiencial, Montoya aporta al género que tantos otros latinoamericanos habían llevado a cabo en la misma ciudad, desde el argentino Sarmiento hasta su compatriota Cortázar. El lector estará frente a intercambios con la ciudad donde la interioridad siempre saldrá a flote. Buscar la vieja y desaparecida calle donde se suicidó Nerval en una noche de invierno, el monumento a Bolívar, la línea 4 de metro, etcétera.

Luego de tanta violencia, ¿es posible recuperar ese París mítico del flâneur, descrito hasta la saciedad por Walter Benjamin, revitalizado hace 100 años por los surrealistas y hace 50 por Cortázar? En “Calle Dieu” está una de las claves de estas posibilidades: “Qué es lo primero, pregunto cuando atravieso la calle Dieu. La imagen o el recuerdo de la imagen. Sin respuesta, me arrojo a transitar la transición para llegar al centro del olvido”. París es frase de manual, es foto en blanco y negro a lo Doisneau, y es también cliché. Pero antes de todo esto, fue poema y conciencia de la modernidad. “Reflejo de algo que busco con minucia y jamás encuentro. Escurridiza siempre. París. Fruta podrida. Llena de semillas infinitas”, concluye en los pasajes benjaminianos.

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