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Parte del resto es también Rama

Juan Carlos Millán reseña la selección de ensayos que conforma el nuevo libro de Ángel Rama; Crítica y utopía en América Latina.

2010/02/09

Por Juan Carlos Millán

Esta antología está conformada por una extensa selección de ensayos que van desde una más bien tediosa aunque indispensable panorámica de la literatura latinoamericana, pasando por una algo menos densa exposición dedicada a la generación del boom y a otros autores más recientes, en la que subyace la veneración y benéfica influencia ejercida sin duda por Marta Traba; dos magníficos estudios sobre las obras de Rubén Darío y Mariano Azuela, hasta varios capítulos en los que las figuras de Onetti, Vargas Llosa y García Márquez vuelven a ser de obligada referencia.

Los escritores que aparecen fueron hombres producto de su tiempo y supieron dar sentido a sus particulares experiencias, dotándolas de nuevas formas. Procuraron dar una original coherencia que debía abastecerse de sus propias y muy disímiles realidades, ensanchando un horizonte literario obnubilado con los patrones europeos.

Rubén Darío, de franca tendencia hedonista, y Mariano Azuela, activo idealista, son la cara y el sello de una moneda en la que Rama explora las vetas del trabajo artístico y los valores que representan en Latinoamérica. Darío, como figura y motor de las letras criollas. Azuela, como escritor social con una visión particular.

No deja de llamar la atención la soterrada incomodidad que produce, tanto al autor como al compilador, la innegable referencia que fue para la época y ha sido la capital figura de Borges, a quien llevado por la efervescencia y novedad del momento, Rama pretende equiparar a la de Julio Cortázar, quien estaba más bien dotado de un exultante optimismo y a una ejemplarizante conciencia de clase; manido y desafortunado discurso que logró hacer carrera y que terminó por juzgar al primero más por sus hechos que por sus obras.

Más afortunado es el apartado que dedica a José María Arguedas, en el que como ocurre con el de Azuela, realiza una amplia exposición de la situación que afrontaba el Perú frente a la problemática indígena, y la manera cómo la abordó un autor armado no solamente de la pluma sino, además, con el amplio conocimiento del sociólogo y etnólogo, que resultaría en una obra madura y sólida.

De la mano del compilador Carlos Sánchez Lozano, somos testigos del abrumador despliegue que hace Rama de su artillería, concentrándola ésta vez en la apología y posterior análisis que hace de La guerra del fin del mundo, la extensísima novela de Mario Vargas Llosa, que no duda en comparar con La guerra y la paz, de Tolstoi. La tarea a la que se aplica Rama en este capítulo es la de intentar describir el secreto andamiaje de la catedral que por años persiguió erigir Vargas Llosa.

El apartado dedicado a la soledad como artífice de la creación literaria surge a partir de un análisis de conjunto que entreteje con cuidadosa habilidad la poco optimista situación en que se encontraba sumergida la literatura uruguaya, y que a partir de la publicación de El pozo salió definitivamente de su pasividad. Onetti reinventó la búsqueda introspectiva, según Rama, y decidió romper con esquemas arcaizantes.

Hay que abonarle al compilador la selección que hace de la abundante producción ensayística de Rama, pues procuró decir de entrada que el libro tiene fines académicos, así como al público al que está destinado: lectores aferrados a la utópica esperanza de encontrar entre “aquellos preocupados y enamorados de esa América Latina”, un público que parecería volver a debatirse ante las mismas eternas encrucijadas, fruto de su perdurable aislamiento, mutuo desconocimiento y arrogante ignorancia.

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