Pasiones con pasta dura

Alejandro Quintero reseña "Bibliofrenia" de Joaquín Rodríguez.

2011/05/24

Por Alejandro Quintero Mächler

Singular hagiografía de bibliofrénicos u obsesos por los libros ­­—esos misteriosos paquetes de hojas blancas, unas sobre otras debidamente cortadas, alineadas, con manchas de tinta negra—, esta obrita de Joaquín Rodríguez sorprende por su frescura: caracteriza una pasión desde el punto de vista del apasionado, enseña una peculiar locura según el desequilibrado, un vicio según el corrupto, y todo esto sin caer en lugares comunes. Rodríguez, además de sociólogo, editor y escritor ocasional, es un bibliofrénico incurable; y es en calidad de tal que aborda esta vistosa vitrina de personajes casi irreales, históricos a pesar de sí mismos, víctimas como él de tan peligrosa enfermedad capaz de tentar, perder o enloquecer a cualquier incauto.

 

No hay nada aburrido o monótono en este libro. El retrato de estos compulsivos coleccionistas de libros es tan excitante como la vida de algún explorador inglés en el África austral. Está el ejemplo, para ahuyentar a los escépticos, de aquel monje español del siglo XIX, don Vicente, quien, dando muestras de una indudable insania bibliográfica, recurrió al homicidio para apoderarse de un supuesto ejemplar único, solo para descubrir, en el momento de ser condenado, que su robo había sido en vano: el preciado volumen era una copia. O el del arriesgado y flamante conde Libri-Carucci, patrón de los bibliocleptómanos; encargado de catalogar innumerables manuscritos públicos franceses procedió, sin escrúpulo alguno, a vender miles de ellos a coleccionistas privados. O el mismísimo Casanova, tan polígamo en materia de libros como de mujeres. Su vida se debatió entre dos amores insaciables, dos pasiones devoradoras; ambas eróticas, ambas tradicionalmente masculinas. Ni siquiera el erudito de estudio escapa de los peligros que plantea la locura por los libros: Theodor Mommsen, el estudioso de la Roma antigua, bibliómano no solo en posesión sino en producción de libros, sufrió las consecuencias del peligro de combinar una larga, enmarañada melena con la inveterada costumbre de buscar y acomodar innumerables volúmenes, vela en mano, trepando en escaleras hasta los anaqueles. Su historia prefigura la novela de Canetti Auto de fe, en la que el protagonista, un sinólogo de renombre, se incinera en su biblioteca rodeado de una montaña de libros.

 

Bibliofrenia disecciona, en sólida prosa, una larga serie de personajes, desde Cicerón hasta el más moderno instigador del hipertexto, recurriendo a una taxonomía que da “un nombre propio para cada desviación”. Pero el libro no se detiene ahí. No se trata de un listado de curiosidades. Rodríguez explora la íntima relación, que todo lector voraz habrá padecido, entre la bibliofrenia y la biblioclasma, esta última el destructor “hartazgo y empalago absolutos” que sucede a compras desaforadas y lecturas indigestas. Todos estos coleccionistas sintieron cómo “los extremos de la exaltación y el ardor se abrazan con los del aborrecimiento y la pura aversión”, no pudiendo evitar, sin embargo, recaer en el viejo vicio tras estos breves momentos de crisis y tedio. Tan sujetos al vaivén de lo imprevisible como neuróticos en sus costumbres, estos especímenes del homo tipographicus eran también, créase o no, hombres llenos de curiosidad, viajeros inmóviles que arrebujados en sus sillones, los ojos clavados en un libro abierto, visitaron toda suerte de regiones lejanas y desconocidas. Y tuvieron además un hogar, pues como decía Richard Burton: “El hogar es donde tienes los libros”.

 

Bibliofrenia

Joaquín Rodríguez

Editorial Melusina, 2010

144 páginas

$30.000

 

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