Pedro Adrián Zuluaga.

La partera de la historia

"La historia, basada en hechos reales, se detiene en uno de esos lugares de Dios en el que tropas, tanto de alemanes como de rusos, entraron a saco".

2016/07/28

Un apretado grupo de monjas de un convento católico en la Varsovia de finales de 1945 vive un momento de distensión: una de ellas toca el piano y algunas más se distraen en un juego de mesa. Parecen unidas en la fe y protegidas por una gracia que las trasciende; pero la escena es solo un respiro que Inocentes se permite en su recuento progresivo de la brutalidad de la guerra. La directora, Anne Fontaine (Coco antes de Chanel), elige un episodio sumergido de la copiosa historiografía sobre la Segunda Guerra Mundial: la violencia sexual que se vivió como una pesadilla silenciosa en algunos conventos europeos. La historia, basada en hechos reales, se detiene en uno de esos lugares de Dios en el que tropas, tanto de alemanes como de rusos, entraron a saco.

En esos días del final de la guerra, tal como han sido reconstruidos por el cine o la literatura, Europa entera era un cruce de caminos donde se probaban experiencias nuevas de solidaridad y pillaje, memoria y olvido. En ese universo en suspensión, una misión de médicos de la Cruz Roja atiende a los heridos franceses, antes de su regreso a casa. Entre ellos está Mathilde Beaulieu, una joven con inclinaciones comunistas que está lejos de imaginar cómo su pequeño atado de certezas se va a poner a prueba desde el momento en que una monja temeraria llega a pedirles ayuda. De ahí en adelante, la película es el bosquejo de las crisis morales, tanto de Mathilde como de las religiosas, cuyo encierro ha sido sacudido por la furia de la historia. Violadas, y algunas de ellas embarazadas, las monjas se debaten entre la fe que se resquebraja y una culpa sorda que les impide atender sus partos y cuidar a los bebés. La madre superiora actúa según sus creencias para salvar al convento de la debacle, obstinada en que la Providencia arreglará a su modo aquello que la libertad de los hombres ha emponzoñado.

La película asombra por su esteticismo y corrección formal: el hieratismo de las monjas rezando y cantando mientras del trasfondo sube un grito de dolor, espacios ruinosos, paisajes desolados. Estamos ante el repertorio de modos de mostrar de las películas históricas. Inocentes se regodea en imágenes sólidamente establecidas por la iconografía (cinematográfica y pictórica) y se dedica a complacer nuestra cultura visual o, para ser más exactos, nuestra comodidad visual. En comparación con otras películas recientes que bordean temas parecidos, como El hijo de Saúl o Ida, aquí hay algo mucho más convencional y tranquilizador. Tanto la película húngara como la polaca (ganadoras, en 2016 y 2015, del Óscar a mejor película extranjera) asumían, desde la elección de ángulos y encuadres hasta la ambigüedad de sus personajes, unos puntos de vista que obligaban al espectador a cuestionar su conformismo moral (y estético).

En Inocentes también el centro está puesto en la crisis de conciencia de sus protagonistas, los dos ejes en torno a los cuales se establece el drama. Son Mathilde y la madre superiora, cuyas visiones se enfrentan. Y allí la película corre el peligro de deslizarse en una exposición maniquea de caracteres y argumentos. Por un lado, el progresismo, algo atormentado, de Mathilde; por otro, la tozudez oscurantista de la madre superiora. Una y otra tienen momentos de duda, pero la narración pasa sobre ellos, dejando apenas una huella de lo que pudo haber sido un examen mucho más perentorio de ese vacío de sentido que se apodera de la historia cuando una guerra arrasa con todo lo que es amable, familiar o conocido. Estrenada en Sundance, Inocentes tiene sus mayores logros en la cortante firmeza de algunos diálogos y en un acopio de gestos que sacan a la superficie aquello que los personajes muy íntimamente saben: que frente a la devastación, cumplir el deber nunca es suficiente. Y que solo el gesto a la vez gratuito y extraordinario, que surge de lo común, permite que la vida reanude su curso. La violencia, como bien lo dijo Marx, es la partera de la historia.

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