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De un mundo raro

'Sin mover los labios', de Carlos Osuna, es la historia de un perdedor sometido desde la infancia, y obligado a ser ventrílocuo en shows televisivos. La película, que explora en la dignidad humana y la significación de lo bello y lo digno, se estrena en Colombia el primero de junio.

2017/05/22

Por Pedro Adrián Zuluaga

Hace más de dos décadas el influyente crítico antioqueño Luis Alberto Álvarez replicó así al entusiasmo de un sector del público y de la crítica por La gente de La Universal, de Felipe Aljure: “De alguna manera se proyectan en la película como en un manifiesto que les permite darle carta de ciudadanía a lo que podría llamarse sus placeres prohibidos, rechazando sin culpabilidad todo aquello que normalmente está considerado bello, digno, humano, significativo. De alguna manera la película exalta y justifica la propia agresividad hacia esas concepciones y se convierte, incluso, en bandera y en línea divisoria, en creación de un territorio estético propio e inexpugnable”. Álvarez valoró en su momento algunos aspectos de la ópera prima de Aljure –como la firmeza de una historia construida de forma seca, sarcástica y con agudas observaciones sociales– pero rechazó la caricaturización y los “medios primitivos” usados por la película para subrayar la animalidad de los personajes.

El tiempo transcurrido desde entonces no ha traído consigo la consolidación en el cine colombiano de una estética de lo feo. Si se dejan de lado las exageraciones y excesos de las comedias, siempre modulados por “finales felices”, o una que otra obra aislada, lo que ha predominado en nuestras películas es la corrección y el pudor. El segundo largo del director Carlos Osuna, realizado en estrecha colaboración con su productor y guionista Juan Mauricio Ruiz, intenta remover ese patrón de la mirada proponiendo una fábula sobre el descenso de Carlos, un agrio perdedor sometido desde la infancia por una madre omnipresente que lo obligaba a participar como ventrílocuo en shows televisivos. El personaje, ya cuarentón, trabaja en un call center, sigue viviendo con su mamá y se distrae con una novia que luce tan agria y fracasada como él mismo. El entorno de Carlos está construido como una comedia negra gobernada por el artificio, la misantropía y la perversión, y donde incluso las eventuales fugas a la naturaleza no hacen más que intensificar el malestar.

Sin mover los labios rehúsa con encono ganarse la simpatía o condescendencia del espectador. Este universo solo posible como representación acumula gestos de autoconciencia y distanciamiento: el blanco y negro, la pronunciada estulticia de cada personaje y el espíritu grotesco de todas las escenas. Estamos ante una película que es, sobre todo, su estilo y su mirada. La vía de escape de esta máquina narrativa asfixiante es la telenovela que emite un viejo aparato. Las gracias y desgracias de los arquetípicos personajes de ese melodrama televisado son representadas bajo otros códigos pero refuerzan el clima de artificialidad: color, sentimientos exacerbados, maldad e inocencia en estado puro. Es una puesta en abismo de la película en la que la historia principal se mira en el espejo deformado de una ficción televisiva. La comedia negra se refleja en el melodrama y viceversa, produciendo intercambios y reflexiones siempre esquemáticos.

El director, Carlos Osuna, ya había mostrado en su ópera prima, Gordo, calvo y bajito, un cierto talento para observar la vulgaridad y el infierno de las relaciones sociales. En ese caso, las técnicas de la animación le permitieron distanciar su comentario. Sin mover los labios utiliza otros recursos, desde la mezcla de blanco y negro con color hasta el uso de archivos y textos sobre la pantalla, para ir más allá del flujo narrativo convencional y su ilusión de transparencia. Es una película sobre la inhumanidad y la pérdida de sentido y contornos claros de aquello que se suele considerar bello, digno o significativo, pero no es una película inhumana. Al contrario, ella le ofrece a sus personajes unas alternativas para que, en medio de la sequedad afectiva y del estancamiento moral, se rediman, al menos provisionalmente, gracias a la imaginación. No en vano Carlos convierte el odio por su madre en un espectáculo donde su degradado arte de ventrílocuo al fin se puede renovar.

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