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Azares y pesares

'Eso que llaman amor', el segundo largometraje de Carlos César Arbeláez, es una tragedia contemporánea ambientada en Medellín, una ciudad con un doble rostro que la hace atractiva y espeluznante.

2016/11/22

Por Pedro Adrián Zuluaga

En los corrillos del cine se suele decir que cualquier director, con algo de coraje, hace una primera película. ¡El verdadero desafío es llegar a la segunda! Si una ópera prima logra notoriedad, las acciones del realizador suben como espuma en la bolsa del prestigio. La carrera del “desdichado” pierde así buena parte de su feliz irresponsabilidad y se carga de un pesado fardo de exigencias. La industria –sobre todo los críticos y los espectadores más enterados– crea la expectativa de un nombre y de una carrera. La esperanza de un mesías no da tregua.

Carlos César Arbeláez la “rompió” con Los colores de la montaña, una película que concilió como pocas las demandas de públicos diversos con su historia de un grupo de niños que, con la guerra de fondo, se despide de la infancia. Romperla, en la jerga de esta industria, puede significar un importante recorrido por festivales. Si en el camino se atraviesa un premio, tanto mejor. Si el galardón es europeo, aumentan las acciones. Y si el público pone la cereza en el pastel, ya es moñona. Los colores de la montaña, que logró todo lo anterior, podría ser un estudio de caso ejemplar. Perro come perro, de Carlos Moreno, otro. El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia, uno más –aunque a esta última le faltó el consenso de la taquilla–.

Las segundas películas de estos tres directores no repitieron el éxito de sus antecesoras. En parte porque, cada uno de ellos, lejos de volver a lo que les había funcionado, dieron un viraje y se atrevieron a entrar en zonas desconocidas. Eso que llaman amor, el caso que nos ocupa, se aventura en tradiciones fílmicas poco frecuentadas por el cine colombiano. Tres historias que se desarrollan en un único espacio, Medellín, y en un mismo tiempo, un Día de la Madre, y que tienen ligeros puntos de intersección. Un drama psicológico coral sostenido en los diálogos y en una serie de peripecias concentradas en pocas horas y con un limitado número de personajes.

Hay pocos antecedentes de este tipo de apuestas en el cine colombiano. Destinos, de Alexánder Giraldo, y Postales colombianas, de Ricardo Coral-Dorado, son dos casos recientes de narraciones que ponen a prueba la máquina del destino para lanzar sobre el espectador la duda sobre lo inevitable –o no– de los hechos. Un terreno que el mexicano Alejandro González Iñárritu parecía dominar como un rey. Ese “qué hubiera pasado si” que atormenta con su insidia nuestras vidas es la pregunta que también nos hacen los protagonistas de la película de Arbeláez: una prostituta obligada a reunir el último dinero para pagar un pasaporte falso e irse a España; una pareja de viejos que recibe los huesos de un “hijo” muerto, desalojado del cementerio donde reposaba, y dos artistas callejeros que viven el comienzo de lo que podría ser un romance.

Eso que llaman amor es una tragedia contemporánea que casi siempre logra mantener el control sobre las estridencias o el pathos que identifican lo trágico (el destino ha degenerado en albur). La melancolía es el ánimo dominante en la narración. La suspensión de sentido que producen las pérdidas afectivas, las despedidas, la muerte o la ausencia recorren el relato. Una filigrana emocional de este calado demanda actuaciones a la vez vehementes y sutiles, y los personajes no en todos los casos las consiguen. A veces, los sentimientos se subrayan y la unidad estilística se pierde derivando hacia el melodrama con sus excesos, en una película que hace, desde su inicio, la promesa de contenerse, pero que en ocasiones se desborda.

En este filme urbano –pues solo en la ciudad se da esa disponibilidad para el encuentro, la coincidencia, la revelación, el error fatal– Medellín muestra el doble rostro que la hace atractiva y espeluznante: una ciudad que acaricia y agrede. Lo que parece, en su superficie, una película naíf o amateur, es, si se observa detenidamente, la obra de un cineasta capaz de mirar con un desencanto que no excluye la ternura, o eso que llaman amor.

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