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Penas precoces

Luis Fernando Charry reseña la novela de Alan Pauls, Historia del llanto

2010/03/15

Por Luis Fernando Charry

Hasta hace unos años el nombre de Alan Pauls era desconocido en el mundo literario. En 2003, sin embargo, el desconocimiento terminó: con El pasado –difícil encontrar una prosa más elegante en estos tiempos de redactores aficionados a la telegrafía–, el autor argentino se llevó el Premio Herralde de Novela y dejó de ser un fantasma para los lectores en España, donde se creía que su nombre era una invención de un grupo de escritores afincados en Barcelona. Entre los inventores, por supuesto, se encontraba Enrique Vila-Matas, quien llegó incluso a barajar la posibilidad de decir en la presentación del libro que él era Alan Pauls y que había enviado la novela con el propósito de ganarse el premio por segunda ocasión consecutiva.

Dejando atrás El pasado –adaptada al cine por el director argentino Héctor Babenco, con Gael García Bernal en uno de los papeles protagónicos–, pasemos al presente de Pauls. En la misma línea autobiográfica de La vida descalzo –un libro donde la privación de no poder ir a la playa desemboca en el vicio incurable de la lectura–, Historia del llanto vuelve a internarse en los territorios de la infancia y la adolescencia.

Aquí Pauls se dedica a repasar con un poco de violencia la educación sentimental del protagonista, un niño quizá demasiado precoz para la Argentina de principios de los años setenta. Hijo de padres divorciados y miembro de una familia progresista, el niño tiene un talento especial para oír a los demás y para esquivar dolores y emociones. De alguna manera se trata de un héroe secreto. Aunque poco afortunado, a juzgar por los tropiezos físicos (e ideológicos) que ofrece la profesión.

Así, el niño se convierte en un adolescente ‘comprometido’ y se involucra con la causa marxista. Empieza a devorar a Franz Fanon y Marta Harnecker, sin perder nunca, a través de La causa peronista, periódico de la guerrilla montonera, el rastro de la lucha armada. Por esos días también descubre la ‘ideología’ barata de los cantautores de protesta; uno de sus máximos jerarcas (Pauls opta por no nombrarlo, como opta por no dar nombres propios en La vida descalzo) se llama Piero y canta cosas como “Hay que sacarlo todo afuera / Como la primavera / Nadie quiere que adentro algo se muera”..

Para rematar el asunto, el 11 de septiembre de 1973 –es la única fecha que aparece en el libro, lo único que le da un cierto carácter histórico– el Palacio de La Moneda aparece en llamas en televisión. Y Salvador Allende muere. Entonces el adolescente educado en la escuela del llanto se da cuenta de que no puede llorar.

Ahora se encuentra frente a frente con el fracaso, con una forma radical del fracaso, donde la educación sentimental carece ya de validez y el pasado reciente se presenta como un fraude demoledor; el héroe de los setenta ha sido un creyente del dolor (se ha preparado muy bien en esta materia), pero a la hora de presentar el examen final se ha desempeñado paradójicamente de una forma vergonzosa. A partir de ese momento, claro, tiene que enfrentarse al mundo de otra manera. Después de todo, los años de militancia no han servido de nada. Y la ideología (cualquiera, violencia o no violencia, da lo mismo) puede volver a fallar. Esta es la Historia del llanto –una novela donde no escasean los momentos de virtuosismo literario gracias a una escritura que se sostiene en la digresión y las frases largas (por ahí sobrevuelan casi en secreto las sombras de Faulkner y Proust)–, Alan Pauls ha demostrado una vez más que su obra transita sin contratiempos por los caminos de la excelencia.

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