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Pequeña isla

Alberto de Brigard reseña Pequeña isla de Andrea Levy Anagrama, 2006 569 páginas

2010/03/15

Por Alberto de Brigard

Hacia 1940 los jamaiquinos se referían con cierta displicencia a otros habitantes de las Indias Occidentales como nativos de islas pequeñas, “cuyo universo sólo se extiende unos pocos kilómetros en las dos direcciones antes de desplomarse en el mar”. En estas “islas pequeñas”, además, los “isleñitos” eran menos sofisticados en sus relaciones con los blancos y menos conocedores de las sutiles diferencias en prerrogativas y restricciones sociales ligadas con mínimas variaciones en el color de la piel. Lo que no sabían los jamaiquinos era que Inglaterra, la mítica Madre Patria, era también, en cierto modo, una “isla pequeña”, inexperta en el manejo de las consecuencias cotidianas de sus numerosos prejuicios, gracias al espléndido aislamiento que le proporcionaba ser la majestuosa cabeza del imperio.

En la novela de Andrea Levy, un matrimonio negro formado por Hortense y Gilbert Joseph llega desde Jamaica a Londres en 1948 y alquila una habitación en la casa de Queenie Blight. La señora Blight es una inglesa de origen campesino que ha tenido que afrontar la guerra en medio de la soledad y la incertidumbre, pero que al mismo tiempo encuentra en esos años posibilidades afectivas y eróticas insospechadas. Bernard, su marido, es un hombre cansado y lesionado que regresa inesperadamente a Inglaterra después de sobrevivir a horrores y dificultades que hubieran quebrado aún a hombres más fuertes y equilibrados que él. Hortense y Gilbert tendrán que afrontar las dificultades del inicio de su vida como pareja en medio de una ciudad hosca y empobrecida, en una sociedad que les resulta casi tan confusa y desconocida como sus respectivas personalidades.

A lo largo del relato de cuatro vidas entrelazadas, Levy hace una descripción perspicaz, profunda y compasiva de una época y una generación de hombres y mujeres obligados a revisar su propia identidad ante cambios sociales abruptos e irreversibles; su gran talento crea unos personajes multifacéticos, con virtudes creíbles y defectos que suscitan reflexiones. A través de estos cuatro retratos minuciosos y verosímiles, llenos de detalles originales, humorísticos y conmovedores, la autora consigue evocar la distancia entre culturas históricamente ligadas y el enfrentamiento irreconciliable entre sus visiones del mundo. Este drama doméstico y personal logra sin embargo sugerir, de forma muy elocuente, cómo eran absolutamente inevitables las transformaciones políticas que experimentaron colonizadores y colonizados en la segunda mitad del siglo XX.

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