De 114 hechos contenidos en la versión inicial, pasamos a 153 en la segunda, abarcando desde el siglo V a. C. hasta la guerra en Irak de George W. Bush. Cada hecho viene acompañado de un breve estudio de los autores, quienes se esfuerzan en señalar al lego apasionado por la historia la importancia particular de lo narrado, el contexto y relevancia del que narra, e incluso las cualidades literarias del reportaje en cuestión. La obra se encuentra salpicada, así, de enjundiosos abrebocas que permiten a los textos hablar por sí mismos sin ahogarlos bajo un pesado aparato crítico o un sesgo anacrónico que desmadre su espontaneidad. Sin importar si sucedieron hace quince siglos o apenas diez años, los acontecimientos incluidos constituyen pequeños reportajes que “tendrían lícita cabida y buena aceptación en una revista o magazine de nuestros días”. De este modo se descubre, tras esta reunión impecable de insoslayables hechos históricos, una larga y diversa serie de “reporteros-protagonistas”, todos subjetivos, todos parciales y falibles, que tomaron nota de los sucesos que vivieron, considerándolos tan importantes como para ser objeto de una suerte de “historia del presente”, tan inmediata como fresca.
Estos reportajes no son ni objetivos ni desapegados. Todo lo contrario: son subjetivos e incluso polémicos. Producto de una época determinada, dotados de un valor inestimable, de viva autenticidad, son exactamente lo opuesto a lo que pudiera ofrecer “el mejor y más sereno historiador que se hallara alejado del hecho”. En efecto, ¿cómo pedirle a Tucídides serenidad, o en su defecto objetividad, si la peste que asoló Atenas, y que la condujo a su ruina, habitaba y corroía su propia carne? ¿Cómo rendirles cuentas a los jueces de Juana de Arco si para ellos no era sino una bruja, alimento para las llamas? ¿Cómo exigirle a Colón un tono sosegado cuando, cargado de un imaginario medieval, reaccionaba naturalmente sorprendido ante lo que él creía eran las Indias? ¿Y cómo reprocharle, por ejemplo, su recurrente obsesión por los papagayos?
Impedidos para hacer de un Marco Polo un indiferente turista moderno, más vale asombrarse y dejarse empapar del contexto que circunda a cada narrador. Es más lo que revelan que lo que encubren— tan prejuiciados como nosotros mismos— estos periodistas del pasado se trate de un cronista, de un columnista del Journal des Débats o de un prosista de la talla de Chateubriand. Quizá sean las voces de cada época, y quizá sea éste el motivo que condujo a los Riquer a construir tamaño monumento a las imprevisibles vicisitudes humanas, las mejores exponentes de sus problemas, dudas, preguntas y aspiraciones.
¿Cuál de los siguientes museos hay que conocer antes de morir?